LOS ORÍGENES DE LA MÚSICA Y LA IDENTIDAD EN AMÉRICA LATINA (2 DE 4)

22 de Marzo del 2015

La música en las Américas es una de las creaciones más evidentes de la confluencia de culturas y mundos, no la primera, pero probablemente la más completa. La música venida de España, ya de por sí fruto de mestizajes celtas, gitanos, árabes y judíos, en una medida similar a la música portuguesa o la del sur de Italia, desembarca y se expone a la escucha de pueblos que han perdido una guerra y que están siendo sometidos al aprendizaje y transferencia de una lengua diferente, de una religión nueva y de una música compuesta por instrumentos desconocidos (todos los instrumentos de cuerda, trompetas, órganos, etc.) y que es además polifónica.

Aquí es preciso detenerse un instante. ¿Qué representa la polifonía para unos y para otros? Brevemente: la música polifónica, dotada de múltiples voces independientes o imitativas entre sí, que se producen a ritmos diversos y que suelen tener una importancia similar, está en pleno auge durante el siglo XVI.

Para imperios en ascenso, como los españoles y portugueses, era una ventana por donde se filtraba un aire que oreaba la ranciedad del medievo. No solo en estos países, en toda Europa. El final de la Edad Media buscaba clausurar el recuerdo de las grandes epidemias, de la guerra de los Cien Años, de la presencia árabe en la península ibérica. El Renacimiento no era el fin de las disputas ni de las guerras, lejos de eso, pero las palancas de Europa se trasladaban de lugar (con sus cosas buenas y malas). La música polifónica, como la pintura, la literatura, alzaban la cabeza en una Europa que cambiaba de era.

Las voces corales que salían del fondo de las iglesias anunciaban la remoción monolítica de la misma religión y del poder, para dar paso a una visión, aunque efímera y borrosa del futuro, donde se dejaba entrever la riqueza colectiva de la suma y la diversidad.

El dinamismo, la secuencia, la sucesión de voces y sonidos, la ruptura con lo unísono era otra forma de decir que el tiempo progresaba, que también se podía repetir, que se podía extinguir pero que igualmente podía renacer.

Para la España conquistadora, la polifonía era un instrumento al servicio de la evangelización, pero para los pueblos indígenas, víctimas también de un oscurantismo ajeno e importado, era un instrumento de identificación con su propia visión del mundo. Un instrumento hasta entonces desconocido que les tendía un puente entre el pasado y el futuro.

Las crónicas de los narradores de la época señalan que la introducción de los coros polifónicos en las iglesias, si bien, atrae a las comunidades indígenas en masa, representa una amenaza para la autoridad peninsular.

Sin entrar a descifrar lo que podían significar estos miedos, nada nuevos, pues la polifonía era vista con recelo también en Europa (donde tuvieron que pasar cinco siglos para que fuera aceptada), hay que retener que esta identificación de los pueblos indígenas con la polifonía manifiesta una asimilación a la filosofía propia del espíritu renacentista. Un espíritu renacentista que sobrepasaba los alcances españoles, dueños sin entera consciencia de una luz que sin embargo, reconocían los pueblos conquistados. 

Esto no es más que una de las manifestaciones reveladoras del amor, germinando siempre pero escondido detrás de los nubarrones de nuestra propia ignorancia.

La música como el arte en general es el instrumento más poderoso para reconocer que el tiempo de pueblos y culturas que en principio se declaran antagónicas, con frecuencia transcurre de manera paralela.

Una vez consumada la conquista, principalmente en México, ya avanzado el siglo XVI, los indígenas asumen la versatilidad de esta música y se lanzan inclusive a hacer variaciones. La música de las iglesias se convierte en un elemento de diálogo, de difusión cultural donde simultáneamente se propaga y se crea.

Hay que pensar que la música obedece a una lógica que también se observa en la historia de la gastronomía americana, donde esos platos que se cocinaban en las casas de las clases pudientes se readaptan en las cocinas de los pobres con los ingredientes que tenían a la mano.

La llegada de los esclavos africanos ayuda a romper el candado que guarda la música para las clases pudientes o el clero. Las comunidades africanas asumen como suyos los instrumentos venidos de Europa, readaptan la música de sus patrones y le agregan nuevas letras, síncopes, tambores, contratiempos. Indígenas y negros son mayoría en las nuevas colonias, y a su vez, los responsables de la difusión de la música, que cantan o silban en las calles, ya sean de México o de Lima. 

A los españoles les basta con saber que la música es un arte indómito, como lo fue siempre en Andalucía. Y mientras siga sirviendo como instrumento de evangelización, van a dejar que los grupos subalternos lo subviertan y se lo apropien.

Hablando propiamente de música, los ibéricos introdujeron una escala musical más extensa que la escala pentatónica que manejaban los pueblos indígenas. Desde las primeras órdenes religiosas presentes en el continente, mentes iluminadas se empeñan en transmitir y completar  saberes pese a las prohibiciones venidas de más arriba. Las iglesias son en el siglo XVI y XVII aforos de conciertos. La música se impone como un elemento de sincretismo y participación, de identificación y de creación. En este sentido, el origen de la identidad mestiza del continente americano, nace a partir de la identificación con la música.

 



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