TEATRO DESDE ESTE ARRABAL CULTURAL LLAMADO TEGUCIGALPA

20 de Octubre del 2015

«Soy el aguador de esta ciudad. Mi oficio es agotador. Cuando hay sequía, debo recorrer kilómetros para conseguir un poco de agua. Y cuando abunda, no gano un céntimo. Claro que en nuestra provincia, la miseria es cosa de todos los días, y ya nadie pone en duda que no hay ayuda posible para nosotros, como no venga de los dioses (...)».

Con este parlamento inicia la obra «El alma buena de Se-Chuan» (El alma buena del arrabal), libreto del alemán Bertolt Brecht, recientemente presentada en la segunda Muestra Centroamericana de Teatro en la Casa Memorias de Tegucigalpa. Originalmente ambientada en Sichuan –una provincia del suroeste de la República Popular China-, estas primeras palabras no requieren prácticamente adaptación para imaginarlas en Honduras; tampoco necesitamos contextualizarlas en 1943 (cuando se terminó de escribir el guion), sino que encajan con nuestra actualidad temporal.

En breves palabras, la historia inicia con la llegada de tres dioses a la ciudad de Se-Chuan en busca de un «alma buena», generosa, bondadosa a pesar de los pesares. Luego de viajar largos trayectos encuentran en Shen-Te, la prostituta del pueblo, lo que buscaban, quien es recompensada con una fortuna que le permite instalar una pequeña tienda. No obstante, su suerte también significa el inicio de los maltratos y ultrajes por parte de los demás pueblerinos hacia ella. El arrabal, cargado de almas decepcionadas por no poder cumplir sus objetivos, encuentra en ella la «indemnización» de sus frustraciones. Hasta que aparece Don Vicente,  que no es nada más y nada menos que Shen-Te quien sufre una «metamorfosis» y se convierte en hombre. Enérgico, hábil en los negocios, insensible e inflexible, este personaje con dureza pone en orden, al puro estilo capitalista, los problemas que acarrea la generosidad de la prostituta, de su supuesta prima.

A pesar de la pertinencia del libreto con nuestro contexto y la universalidad de su contenido, la adaptación del director Tito Ochoa resultaba fundamental para que sintiéramos aún más «cercana» la obra, no exclusivamente solo con la forma, sino también con el fondo –si es que fueran elementos disociables. Una cercanía no solo con nuestro ambiente, además con Brecht.

Con la adaptación no nos referimos a la «traducción» de los nombres (del chino al castellano), sino a una reinterpretación, partiendo de las bases expuestas por el dramaturgo alemán, a lo que es la marginalidad en Honduras –o un ambiente similar, su accionar e idiosincrasia. Una exposición de la pobreza, sin caer en suposiciones, ni acercarla a través de estereotipos, ya que esta adaptación tampoco significaba «hondureñizar» el guion, pero sí aproximarla a nuestras realidades. Recordemos que por vivir en un contexto pobre, hablar sobre la pobreza no es tarea sencilla.

A pesar que originalmente la obra es «grande» y la puesta en escena implicaba «reducción» por ciertas limitantes (tamaño del escenario, número de actores, presupuesto, etc…), había que asegurar no caer en «simplificaciones», que el «arrabal» no fuera un abreviado de Se-Chuan.

Y fue así. La adaptación atrapa e incluye obviamente no solo confiar en lo fidedigno de la traducción, sino también un trabajo en la modificación en el uso del lenguaje, el habla del «marginal arrabalero» debía escucharse a esa composición entre lenguaje, contexto y procedencia.  

Ochoa incluyó elementos cómicos a la adaptación, probablemente para suavizar las dos horas y media de la puesta en escena. Por su parte los actores debieron multiplicar sus funciones en diversos personajes, además de participar en los cambios de la escenografía.

Dentro del elenco destaca la actuación de Jean Navarro, quien fue capaz de recrear un personaje cómico (el del sobrino) junto a uno más dramático –y hasta cierto punto narrador- (el del aguatero). Su caracterización del sobrino genera risas sin requerir de muchos diálogos ni caer en exageraciones histriónicas, tampoco sin eclipsar su otro personaje dramático.

El personaje de Shen-Te, actuado por Inma López –quien también interpreta a Don Vicente-, es bien logrado, no obstante, el físico de la actriz probablemente no ayuda del todo caso a la visualización imaginaria que como espectadores podríamos creer que sería el «alma buena del arrabal», ese personaje oprimido en este caso dentro de un capitalismo algo mestizo. Pero como tampoco el teatro busca ser un espejo de lo que vemos o imaginamos, ese detalle no termina del todo por permear su caracterización.    

La historia no es tampoco la dialética entre el bien y el mal, ni otro extraño caso de Mr. Jekyll y el señor Hyde, sin maniqueísmos, «El alma buena del arrabal» plantea hasta qué punto somos marionetas del propio sistema, ¿qué nos permitimos ser para sobrevivir ante el agreste contexto?

«Querido público, no se enfaden, el desenlace nada vale, ya lo sé. Soñábamos con un cuento dorado y una fábula amarga sólo fue. Temerosos frente al telón caído vemos en sus labios mil preguntas. Nuestra suerte está ahora en sus manos. Sólo quisimos gustar y divertir. ¿Por qué callan entonces? ¿Su frialdad marca nuestro fracaso? ¿Es el temor lo que nos paraliza? Podría ser. ¿Cuál es la solución? No hemos podido encontrarla, ni pagando con oro. ¿Hacen falta otros hombres? ¿Hace falta otro mundo? ¿Hacen falta otros dioses? ¿O acaso ninguno? ¡Henos aquí, angustiados hasta el fondo del alma! A fin de poner término a estas dudas busquen ustedes mismos algún medio para que un alma buena pueda hallar la solución feliz que exige su bondad (...).

Con estas palabras termina la obra, la Muestra sigue por dos semanas más, iluminando este arrabal cultural llamado Tegucigalpa… 



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