LA FRAGILIDAD DE LA VIDA EN EL TRANSPORTE PÚBLICO

6 de Abril del 2017

Con una mochila en mano, José, el protagonista ficticio de esta historia, abordaba la unidad de transporte. Mientras buscaba asiento dentro de la unidad denominada “rapiditos”, divisó a dos tipos muy sospechosos que se encontraban sentados al final. Con cierto temor de perder sus cosas, escondió su teléfono móvil, un regalo de su madre,  dentro de su camisa. La acción fue vista por los dos asaltantes que al observarlo, se sentaron a su lado y le pidieron sus cosas. Con cierto recelo en sus ojos, José entregó todas sus pertenencias, deseando que no le pidieran su teléfono. Sin embargo, uno de los asaltantes en tono violento, le arrancó la camisa. En un abrir y cerrar de ojos, José propinó un puñetazo a uno de sus victimarios. Al observar la escena, el camarada sentado en el asiento de atrás le propinó un balazo en el cuello que resultó mortal.

En Honduras, hablar de este tipo de historias se ha vuelto una cotidianidad que resulta pasmosa, y que refleja un problema en la seguridad dentro del transporte público plagado de una inseguridad cargada por el irrespeto a la propiedad privada, a los derechos de los ciudadanos; y un menosprecio total por la vida humana. De acuerdo a datos del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), en el 2015 ocurieron 28 asesinatos en el transporte público, en contraste con los últimos datos hasta septiembre de 2016, cuando se resgistran 63 muertes.

Este aumento implica un repunte que indica un alarmante aumento de la violencia, ya que en los últimos seis años se reportan 1,089 víctimas. Este acrecentamiento puede atribuirse a un crecimiento de la extorsión, que en los últimos dos años ha causado daños en las unidades de transporte, como la quema de buses de  empresas como Transporte Cristina, en La Ceiba, y Hedman Allas, delito que deja pérdidas por los mil millones de lempiras.

Este ambiente de inseguridad que vive el transporte no solo se manifiesta en cifras, ya que de acuerdo a una encuesta sobre percepción ciudadana, 7 de 10 personas consultadas consideraban la inseguridad como el principal problema del país, y un 47% que esta había empeorado. Esta situación produce una sensación de vulnerabilidad y sentimientos de terror, que pueden provocar la depresión, ansiedad y un incremento de trastornos de la salud mental. Es decir, la violencia no solo afecta directamente a la víctima, sino que afecta a la población en general de forma directa o indirecta.

En este mismo contexto, la violencia abarca muchos niveles, de acuerdo al académico Rodrigo Guerrero; esta se puede clasificar según su naturaleza en física, psicológica y sexual, en este último punto se debe destacar la alerta que emitió la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC), que giró una alerta ciudadana sobre una banda que operaba en taxis dedicada a violar mujeres. Una situación que destaca un problema endémico en cuanto a género se refiere, ya que de acuerdo a datos de enero a septiembre de 2016, Clínica Forense realizó 2,337 evaluaciones médico legal por delito sexual, de ese total, 88.1%  fueron a mujeres y 11.2%  a hombres.

En este tema particular se evidencia que el problema no debe atribuirse a un fenómeno multicausal o del momento. Según un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) denominado “Seguridad ciudadana y violencia en América Latina”, el incremento de la inseguridad y violencia se debe a la confluencia de varios factores como los individuales, familiares, sociales y culturales, que inciden en una conducta violencia a nivel doméstico o social.

Según destaca el informe, existen dos teorías en las ciencias sociales que abordan el estudio de la violencia y de la conducta delictiva: la teoría de la ruptura; que sostiene que la violencia surge de una ruptura o desajuste del orden social, aspecto por el cual la CEPAL señala que el 60% de la población en Honduras es pobre, situación que se traduce en  pocos recursos para cubrir con la canasta básica. En cambio, la teoría de las formas de la socialización, que indica una dimensión más estructural, en la cual la existencia de grupos subculturales traspasan los conocimientos delictuales, un aspecto muy marcado en las maras hondureñas, donde existe un esquema organizativo con niveles de jerarquía.

Otros aspectos que no debemos dejar de señalar es que el tráfico de drogas, armas y el exceso del consumo de alcohol y estupefacientes, entre otros factores, inciden en la psiquis de las personas, generando conductas violentas dentro de la sociedad. En ese sentido, como señala el informe, el aumento de la violencia es un problema con alto crecimiento en América Latina, por lo cual deben buscarse soluciones estructurales que aborden el tema de una forma más amplia, y no como fenómenos o eventos casuales, ya que la historia de José no es un evento casual, es sistemático y con un desproporcional crecimiento.  



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