CLEMENTINA SUÁREZ, LA MUJER POETA DE HONDURAS

Clementina Suárez.

Eran los comienzos del Siglo XX y en el mundo se desarrollaba el movimiento modernista, una gama de artistas nuevos con aires de rebeldía y libertad llegaron con una propuesta que rompía con las normas tradicionales del arte.  Por allá en el corazón del continente americano, las centellas de aquella insurrección llegaron hasta Juticalpa, un pueblito muy conservador ubicado en el oriente de Honduras, un poco vetusto y alejado de la urbe, pero la calida cuna de una muchacha rebelde que escribía poesía.

Clementina Suárez era  apenas una adolescente cuando se apasionó profundamente por la literatura. Pasaba horas enteras tirada en los largos corredores de su casa leyendo poemas de Rubén Darío, de sus paisanos Froylán Turcios y Alfonso Guillén Zelaya y de otros grandes personajes de aquella época. A pesar de que pertenecía a una de las familias más pudientes del departamento de Olancho, nunca estuvo dispuesta a entregar su vida a un destino que ya habían trazado sus padres, tal como suele sucederles a las jóvenes de su estatus social: encontrar un marido que fortalezca el patrimonio económico y dedicarse a ser ama de casa y a parir hijos. Sin embargo, Clementina tenía claro que su libertad no era negociable.

A los 16 años la enviaron a estudiar a un colegio de señoritas en Tegucigalpa. De a poco, “Clemen”, como la llamaban de cariño su familia y amigos, se fue liberando de los prejuicios y de los complejos que venía arrastrando desde su pueblo natal. Tuvo que enfrentarse a un monstruo de dos cabezas: el conservadurismo y el machismo de la sociedad hondureña. Decidió adentrarse al camino de la poesía y –por fortuna- no regresó jamás.  

“La Mujer Nueva” es como la bautizaron sus contemporáneos artistas, fue de las primeras mujeres en Honduras que se atrevió a vestir un traje de baño. Sus cortos y ajustados pantalones eran el mejunje del chisme entre las señoras de la alta alcurnia en la capital. Visitaba con frecuencia el estanco de “Mama Llanca” en el centro de la ciudad. Su liberalismo y franqueza para expresarse despertó la intriga y la admiración para muchos y la crítica de unos cuantos.

En 1930 publicó su primer libro “Corazón Sangrante”, Clementina pronto llamó la atención en toda Centroamérica y México. En el mundo artístico se hablaba ya con insistencia de una mujer joven que odiaba que la llamaran “poetiza” por su término denigrante y prefería que la nombrasen como una Mujer Poeta.

Para los críticos, la poesía de Clementina es desafiante, alabadora de  la vida, del amor, del sexo y de la libertad. Exaltando la belleza desde otras dimensiones, demostró que la figura femenina tiene más poder e influencia de lo que ella podría llegar a imaginar. Ahonda en el erotismo sin caer en lo vulgar o en lo pretencioso. Clementina vino a enseñarnos y nos sigue recordando el maravilloso desafío de ser una mujer capaz de amar, sentir, gozar y sufrir con la misma intensidad a pesar de los estigmas, de los tabúes y de la religión. 

Clementina también fue la musa exótica de grandes poetas y pintores como el mexicano Diego Rivera, quien la pintó en más de una ocasión. Tuvo una relación muy cercana con la mexicana Frida Kahlo durante su estadía en el país Azteca.

Fue una mujer que trazó la vereda para otros jóvenes artistas hondureños y en especial para las mujeres de un país que viven reprimidas de mil maneras. Clementina solía dejar entrar en su casa a declamadores, escritores, cantantes, pintores y poetas que se abrían paso en ese confuso mundo del arte hondureño. Para ella, la juventud era una celebración y la voz femenina un eco muy poderoso que debía regarse con necedad.

Clementina Suárez tuvo un final trágico, obsceno e injusto. La violencia, el machismo desalmado y la inseguridad de Tegucigalpa nos sacó factura a todos y nos arrebató a un tesoro que nos pesará por siempre. Sin embargo, su legado, sus poemas y su mirada dulce sigue fraguando en la conciencia de quienes la admiramos y amamos.

Ella es la Mujer Poeta y también es una bandera que las artistas, las obreras,  las luchadoras y  todas las mujeres del mundo, deberíamos de colgar en el pecho para recordarnos que no se debe decaer en esta batalla milenaria, la insistencia constante de ser escuchadas y respetadas por quienes nos han aplastado sin compasión por tantos siglos.

Entrevista a Clementina Suárez:  

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