«EL AMOR CORRE UN SERIO PELIGRO EN HONDURAS»: POMPEYO DEL VALLE

Dialogar con el poeta hondureño Pompeyo del Valle es toda una experiencia. A sus 85 años, es considerado uno de los exponentes más importantes de la Generación del 50. Su vida, llevada por los caminos del periodismo y la literatura, es una aventura de viajes, prisiones, política y amor. Sí, él mismo se define como un enamorado empedernido. «El amor está, en este momento, corriendo un serio peligro. ¿Y qué va a hacer una humanidad sin amor? Dígame. Sólo furia», explica enérgicamente a Presencia Universitaria.

Cuando se le consulta por Honduras, don Pompeyo se toca el rostro. «Hay veces que parece que todo está perdido, pero yo quiero seguir pensando que en algún lugar, en algún rincón de la tierra, hay un grupito de amigos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Que están dándole calor a la esperanza con su pecho, que están guardando esa pequeña llama que tienen custodiada, y ahí, de alguna manera, nadie lo sabe, ni los sociólogos, ni los sicólogos, ni los políticos, nadie lo sabe, pero ahí va ir creciendo y creciendo y creciendo, y la esperanza va a tener suficiente fuerza para enfrentar al enemigo común y vencerlo. Sí señor, la esperanza no ha muerto, existe la esperanza», comenta el poeta con cierta nostalgia que no permite tristeza.

Su militancia es con la poesía, porque es lo que mejor sabe hacer, es lo que hace. A su edad sigue creyendo en tomar riesgos, «hay que tener convicciones, hay que arriesgar, hay que arriesgarse».

Sensibilidad

Cuando su padre abandonó a su madre, Don Pompeyo, quien era apenas un niño, sorprendía a su progenitora en un rincón de la casa enjugándose las lágrimas, «creo que eso me hizo ser un niño nostálgico; me gustaba andar solo, buscar rincones en la casa donde leer, porque aprendí a leer muy rápido, con una gran voracidad, y así fue como empezó mi autoeducación. Creo que la sensibilidad para las artes y las letras la traía yo en el mismo paquetito con el que llegué a la vida, como un manualito de instrucciones.», recuerda el poeta.

Don Pompeyo del Valle comenta con energía que la gran poesía está en el impulso íntimo del poeta, en su intimidad, donde está su ser. Donde está su esencia.

Más de diez títulos publicados respaldan su quehacer literario, el primero fue «La Ruta Fulgurante», «ahí hay poemas que todavía tienen vigencia. Me alegra poder decirlo y creer en ello: tienen vigencia», explica.

Su visión de la vida, después de haber vivido dictaduras, persecuciones, gobiernos que aspiraban a ser democráticos y no fueron más que autoritarios; y viviendo una vida en la que ha procurado la sencillez, Don Pompeyo ha experimentado el amor y sigue pregonando que la esperanza merece un abordaje para ser entregada a las nuevas generaciones.

Este periódico recomienda leer cada una de sus respuestas, palabra por palabra. Las fotos que acompañan este texto, también hablan por sí mismas.  

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Fotografía: Dany Barrientos

PU: Nos gustaría empezar hablando sobre su familia, ¿cuál es la ascendencia de don Pompeyo del Valle?

Pompeyo del Valle (PdV): Bueno, por el lado materno eran oriundos de Santa Bárbara y de allá se vino Antonio Moncada, que era mi abuelo, se vino con su familia. Mi madre venía pequeña y los otros hijos también, se vinieron para Tegucigalpa a probar suerte. Él era ebanista, don Antonio. Era famoso por hacer unos trompos muy hermosos, que todos los niños acudían a la casa a comprarlos. Yo en ese tiempo no existía todavía, de manera que lo que tengo son referencias que me contaba mi mamá y mi abuela, y el olor de las maderas preciosas con el que quedó impregnada la casa, porque mi abuelo trabajaba con esas maderas preciosas que ahora se exportan al extranjero.

PU: ¿Y del lado de su padre?

PdV: Mi padre era peruano, de Arequipa. Él y su familia, quienes eran españoles, vivieron ahí mucho tiempo. Cuando él estaba joven, les ocurrió un serio percance en altamar, porque la familia comerciaba con sedas y cosas así. Ellos habían invertido gran cantidad de dinero y eso los dejó en precariedad. Decepcionada la familia, los varones, sobre todo, porque no tengo referencia sobre la madre de mi padre, cada uno agarró por su lado, se desperdigaron por el mundo y mi padre anduvo errante en Cuba, en México, Panamá y otros países. Y estuvo algún tiempo, bastante, en Guatemala. Luego vino para acá, buscando qué hacer. No sé por qué al señor, al joven este, que era Carlos del Valle y Soldevilla, que era su otro apellido, de esos apellidos retumbantes, le da por quedarse en Tegucigalpa y eso que estaba al borde de una guerra civil el país en aquel tiempo. Eso era alrededor de 1924, yo también ausente de la vida en esos tiempos.

PU: Tengo entendido que del lado de su padre hay una ascendencia noble, es eso…

PdV: Don Carlos… yo nunca menciono eso y nadie me lo pregunta porque el que divulgaba esas cosas, porque era un gran entrometido, era don Óscar Acosta. Creo que hasta lo dijo en una nota que puso al pie de una página en El Heraldo, una de las varias páginas que me dedicó el periódico. La selección la hizo Óscar y abajo llevaba una notita con datos biográficos míos y ahí es donde habla de esa cosa. Y yo, por supuesto, me hice el loco, porque no me gusta hablar de esas cosas.

PU: Pero, ¿es cierto?

PdV: Sí, sí…

PU: En su familia, don Pompeyo, ¿usted encuentra referencias de narradores?

PdV: Mi papá fue periodista, no de profesión sino, digamos, de vocación. Le gustaba publicar cosas en los periódicos y aquí en Tegucigalpa dirigió dos revistas. Una se llamaba “Alma Incaica”, por lo peruano de él, y la otra revista “Previsión”, una revista muy bonita, cuyo tema principal era que la gente se acostumbrara a tener cuentas en el banco, a ahorrar. En ese tiempo unos señores estaban interesados en formar una compañía de seguros. Esa compañía se llamó, por mucho tiempo, “El Ahorro Hondureño”. Él, desde que vino, trabajó ahí.

PU: ¿Cómo se conocieron sus padres?

PdV: Mi madre estudiaba en la Escuela Normal de Señoritas, que quedaba aquí en Comayagüela. Al frente de dónde hoy está el Banco de Occidente en el centro, frente a Larach, había una casa de huéspedes y el señor Del Valle se hospedaba ahí. En aquellos tiempos se usaban poco los carros y el servicio de autobuses no existía, solamente existían los taxis, pero pocos, muy poquitos taxis rodaban sobre las calles empedradas de Tegucigalpa. Entonces mi madre, que venía de Comayagüela y venía a pie hacia el Barrio La Ronda. Entonces él le echó el ojo, creo yo, la miró y, bueno… ahí terminaron los tristes días de estudiante de mi mamá, porque el hombre pues la enamoró y era un hombre bien parecido, déjeme que le diga, de alta estatura, ojos azules, muy elegante al caminar y al conversar. Nada parecido a su hijo que vino después. Ahí aparezco yo.

PU: ¿Cómo recuerda su infancia?

PdV: La infancia creo que ha sido una etapa que yo la recuerdo... una etapa que yo considero feliz. ¿Por qué? Porque no tenía preocupaciones, tenía la comidita servida, estaba mi mamá y si me enfermaba era mi enfermera también. Tuve juguetes y creo que fue una de las etapas más bellas de mi vida.

PU: Su mamá murió cuando usted tenía quince años. ¿Cómo fue ese impacto?

PdV: Me impactó muchísimo, de ahí empezó esta cosa hasta llegar al día de hoy: una vida muy trabajosa, porque yo no quedo formado, intelectualmente no quedo formado para afrontar la vida y entonces, ¿qué podía hacer? Lo que tenía dentro de mí era una gran soledad, una gran soledad… Entonces dije “yo me voy a educar solo”, porque no tenía como pagarme un colegio privado.

PU:¿Y el papel de su padre en ese entonces?

PdV: Es que mi padre nunca vivió con mi mamá. Él seguía haciendo su vida y mi madre la suya, sufriendo las consecuencias de su mal o buen paso, no sé cómo decir en este caso. Entonces fue difícil, para mi mamá fue difícil. Yo muchas veces la sorprendía en un rincón enjugándose una lágrima. Creo que eso me hizo un niño nostálgico; me gustaba andar solo, buscar rincones en la casa donde leer, porque aprendí a leer muy rápido, con una gran voracidad, y así fue como empezó mi autoeducación.

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Fotografía: Dany Barrientos

PU: ¿Cómo apareció la literatura, la poesía, en su vida?

PdV: Ahí en la casa. Mi mamá leía versos y un tío mío, que se llamaba Justo Rufino Moncada, trabajaba en la Imprenta Nacional aquí en Tegucigalpa, él escribía versos, sobre todo sonetos. A veces yo lo sorprendía y estaba contando -dice mientras hace cuentas con los dedos-, creo que eran las sílabas. Antes se escribía contando las sílabas y después ya no era necesario ir contando con la mano sino que eso ya estaba en el cerebro, ya estaba pautado. Este tío también me prestaba libros. Hay otro que leía cosas, que se llamaba Luis Napoleón y era de los hermanos de mi mamá, pero yo ya no llego a conocerlo, porque él se va. Como ahora tanto joven se va en busca del vellocino de oro de los Estados Unidos, en aquel tiempo los jóvenes se iban para la costa norte a los puertos, para enrolarse en la marinería y de esa manera lograban irse del país. Parece que la relación entre su mamá y él, o sea entre doña Nicolasa Rivera, viuda de Moncada, lo repito porque a ella le encantaba decir así, no se llevaban bien, entonces él optó por marcharse.

PU: ¿Qué poetas le influyeron ser escritor?

PdV: Los primeros versos que leí creo que eran de Francisco Villaespesa, un español. Mi mamá tenía unos poemas pegados en una de las páginas de uno de sus cuadernos, porque ella también tenía afición por la música, estuvo en la Escuela de Música, Academia Santa Cecilia. Creo que la sensibilidad para las artes y las letras la traía yo en el mismo paquetito con el que llegué a la vida, como un manualito de instrucciones.

PU: Don Pompeyo, ¿cómo recuerda Tegucigalpa en ese entonces? Usted era un niño en la década de los treinta…

PdV: La recuerdo como una ciudad bastante fresca, un clima riquísimo, calles empedradas, cuyas piedras de ríos estaban mejor que esos huecos que tenemos ahora. Casi nos conocíamos todos y la gente cuando se encontraba se saludaba, ahora se encuentran dos personas que van en sentido inverso y ni se vuelven a ver siquiera. Es terrible, a mí me molesta muchísimo, porque yo estaba acostumbrado a otro trato de los seres humanos, más de gente. Claro, que todo tiene explicaciones y razones sociológicas.

PU: Cuando su madre murió, ¿usted inmediatamente empezó a trabajar o hubo un periodo de tiempo en el que transitó por la vida sin saber qué hacer?

PdV: Hubo un período en el que yo me tuve que ir por las mismas razones por las que se fue mi tío Luis al extranjero. Mi tío Luis en aquel tiempo abordó un barco y se fue para Cuba, creo que originalmente hacia Camagüey. Me di cuenta que en una o dos ocasiones que él escribió, creo que a Justo Rufino y le contaba que estaba en Camagüey y terminaba diciendo “y volveré a casa como la nave al puerto y como la nave al nido”. Eran unos versitos con unas comparaciones que ahora yo las miro con indulgencia, comparaciones traídas de los cabellos; pero, bueno, se ve que todos ellos tenían algo de inclinación hacia las letras.

PU: ¿Y usted cómo hizo esa transición entre su adolescencia al trabajo?

PdV: Yo me dediqué a prepararme para escribir. También me fui de casa, pero previamente había hablado con mi papá. Fui a verlo y a decirle “yo no puedo seguir habitando la casa con mi abuela, también yo me llevo mal con ella como en su tiempo se llevaron mal sus hijos. Ahí estoy como atrapado, sin porvenir, sin nada y yo necesito salirme de ahí”. Me preguntó “¿de qué vas a vivir si no sos nada?”, y le dije “yo voy a vivir de algo, pero necesito prepararme para ello y entonces lo único que le estoy pidiendo es que me dé una especie de pensión por unos cuatro o seis meses, hasta ahí y luego terminan sus responsabilidades”. “¿Qué vas a hacer en ese tiempo?”, me preguntó. “Estudiar”. “¿A dónde?”. “Voy a estudiar conmigo mismo, voy a alquilar un cuarto y me voy a poner a leer como loco”, cosa que sí hice. En esos tiempos estaba terminando el período de la dictadura del general Tiburcio Carías Andino y se avisoraban unos tiempos mejores, se hablaba de que Gálvez, Juan Manuel Gálvez, iba a ser el presidente. Entonces había una especie de efervescencia entre la gente de que las cosas iban a cambiar para este país. Pasados algunos meses de que yo le pedí a don Carlos que me ayudara con unas sumas que eran irrisorias, que ahora uno se lo gasta con los amigos en una refresquería o en un mall y de una sentada gasta más de lo que me pagaba mi papá, pero en ese tiempo servía de algo... En ese tiempo el lempira estaba al dos por uno con el dólar.

PU: Y en ese tiempo en que usted recibía esa ayuda de su papá, ¿a qué dedicó?

PdV: A leer libros, sobre todo de literatura, porque yo ya sabía que lo que iba a ser en mi vida era un escritor.

PU: ¿A los quince años usted ya tenía eso claro?

PdV: Pues sí, porque ¿qué otra cosa? Albañil no podía ser porque físicamente no soy desarrollado, una vez intenté levantar una bolsa de cemento y no pude, fue en Guatemala que me pasó eso. Pero la literatura yo la sentía dentro, hervía dentro de mí y yo sabía que me podía dedicar a eso. También sabía que haciendo versos no iba a comer y que lo que más se acercaba a la literatura, y que también podía nutrirme, era el periodismo. En ese tiempo había unos amigos míos, uno de ellos que llegó a ser el poeta David Moya Posas, y cuando yo estaba en la puerta de mi casa en el barrio Los Dolores pasó David Moya Posas y platicamos un rato, le dije que yo estaba escribiendo. “Ah, qué bueno yo también escribo”. “¿De veras?”. “Pues un día nos podemos juntar y ver lo que hacemos” y quedamos en eso. Luego, me anunció que dentro de poco iba a salir un periódico patrocinado por un grupo de muchachos, entre los cuales estaba él. Iban a tratar temas de diferente naturaleza, pero en estilo humorístico. Por eso el periódico se llama “El Chilillo”, y ahí empezó mi historia. El periódico se vendía todo, porque una gente que había estado sin periódicos durante tanto tiempo quería leer otra cosa y no lo que se publicaba en los diarios oficiales. Ya con eso recibía yo como 25 lempiras semanales que en ese tiempo servían.

PU: ¿Y cómo era hacer periodismo en esa época? ¿Usted lo compararía a algo en la actualidad?

PdV: No, nada que ver. Aunque siempre lo usual, las entrevistas, las denuncias…

PU: Pero en esos períodos en que usted trabajaba como periodista también trabajó en la revista de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), ¿usted encontró una academia beligerante?

PdV: Sí, pero es que quedan tantas cosas que no he dicho y que es imposible decir en una entrevista. Antes de trabajar en la universidad yo había trabajado en el diario “El Cronista” y en el diario “El Día”, ahí ya no era aquel periodiquito chiquito, sino ya diarios serios. Ahí sí trabajé en lo que era realmente el periodismo, principiando como corrector de pruebas. Eso, ser corrector de pruebas de un diario es un trabajo muy duro, pero así principié. Luego contrataron a otras personas y a mí me pasaron al cuerpo de redactores, eso fue Alejandro Valladares, que fue muy generoso conmigo y excelente periodista, un excelente maestro de periodistas.

PU: Hemos hablado de cosas que de hecho, no están en sus memorias y eso enriquece mucho esta entrevista…

PdV: Es que yo me apresuré, pero las memorias no están terminadas. Yo las saqué porque en ese momento, este caballero -señala a Armando Valladares- me ofreció la oportunidad de publicarlas. Y como aquí es tan difícil publicar. Para mí es más fácil escribir que publicar…

PU: Me estaba comentando de cuando ya entró a trabajar con el señor Valladares, a quien recuerda como un periodista excepcional.

PdV: Honesto, excepcional… para esos días, también entró a trabajar, viniendo del exilio, don Ventura Ramos y fuimos compañeros de trabajo. En “El Cronista” había excelentes personas. Y viendo, oyendo, escuchando, poniendo atención, fui aprendiendo los pormenores que otras personas. Yo las tuve que aprender en la vida y con personas que eran mis maestros y mis amigos también. Fue muy interesante todo.

 

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Fotografía: Dany Barrientos

PU: ¿Fue su carrera de periodista la que lo llevó a sufrir la tragedia de conocer las cárceles?

PdV: Bueno, sí… puede decirse. Es que en esos tiempos, en el mundo había una gran inquietud, sobre todo los estudiantes, de todo el universo, levantaban sus puños cerrados pidiendo justicia para sus pueblos. Honduras no podía quedarse atrás y a mí me entusiasmaba, iba como periodista y me entusiasmaba. Tomaba las notas, creo que fui uno de los primeros periodistas que escribió sobre el primero de mayo, aunque eran poquitos con sus banderas y todo, pero fui uno de los primeros que hizo las crónicas de los trabajadores.

Pero no fue el periodismo formal el que me llevó a las cárceles. No. Fue el periodismo al servicio de las causas populares en varios periódicos contestatarios. Fui director varias veces de esos periódicos, hacíamos grupos entusiastas, denunciábamos a las compañías bananeras, al imperialismo americano. Era ese grito que rugía en todas las capitales del mundo y aquí lo producíamos nosotros. Esa actividad con el periódico fue la que me llevó a la cárcel, porque yo trabajé mucho en él y estuve metido en él, incluso en la clandestinidad trabajaba en eso, en ese tipo de periódicos.

PU: Y “La Ruta Fulgurante”, que es su primer libro, ¿surgió de esa práctica?

PdV: Surgió de mi práctica social, con poemas que todavía hoy tienen vigencia. Me alegra poder decirlo y creer en ello: tienen vigencia.

PU: Ese libro lo publicó bajo el seudónimo de Adán Marino, ¿por qué eligió ese nombre?

PdV: Porque yo siempre consideré que ese nombre era muy pomposo, si es que hasta se parecen las palabras: “Pompeyo” y “pomposo”. Metido en lo que yo estaba llamaba mucho la atención. Yo hubiera querido llamarme Serapio González o algo así, nombres que resbalan por el oído y no llaman la atención; mientras que yo, por ejemplo, al ir a un hotel, para ingresar en una cárcel o cualquier cosa me decían “¿y usted cómo se llama?”. “Pompeyo del Valle”, decía yo. “¿Cómo?”, y a veces tenía que repetirlo hasta tres veces. Y así me quedé y sigo con Pompeyo del Valle, en este momento que estoy brindando esta entrevista.

PU: ¿Cómo fue la gestación de ese primer libro?

PdV: Pasó por los periódicos obreros. Uno se llamaba “Voz Obrera”, que lo sostenía un sindicato y yo les ayudaba a ellos y ellos me cedían espacios para que yo publicara mis poemas. Ahí aparece “La Ruta Fulgurante”, “Un poema para negar la muerte de Sandino”, “Los Pinos”, “Encuentro”, todos ellos basados en la vida, en la militancia que yo tenía como joven. Después los recogí, los saqué de esas páginas de los periódicos proletarios y los reuní en un libro y ahí quedaron, ahí están todavía.

PU: A usted se le considera parte de la Generación del 50, ¿qué los unía y desunía como generación?

PdV: Bueno, nosotros empezamos a publicar nuestros versos en la revista “Tegucigalpa”, que dirigía Alejandro Castro hijo, muy generosa la revista porque algunos versos abominables que cometíamos en aquellos tiempos ahí están. Era demasiada generosidad publicar esas cosas, pero se nos abrían las puertas. Ahora yo veo con rubor algunos de esos poemas.

PU: En esa Generación se encontraban Óscar Acosta, Roberto Sosa, entre otros…

PdV: También David Moya Posas, que era un excelente sonetista y romancista al estilo de Federico García Lorca, él se sentía feliz de hacer aquellas cosas. Para mí fue el pecado de David, porque escribir como “Fulano” o como “Mengano” no debe ser. Uno debe buscar su propio sello personal, pero quise muchísimo a David y ambos teníamos un acuerdo tácito. Pasábamos una tarde juntos, a veces amanecíamos bebiendo tragos y haciendo versos repentinos. Él hacía una línea, yo hacía la otra, sobre todo sonetos, después los rompíamos muertos de la risa, como una forma de divertirse. En vez de andar agrediendo a otras personas, nosotros hacíamos versos entre trago y trago. En la revista “Tegucigalpa” también veíamos esos sonetos. Óscar llegó a ser jefe de redacción de la revista “Tegucigalpa” y cuando él se va con un cargo diplomático para Perú, lo sustituye David Moya Posas, quien también era periodista. Era característico de ese tiempo en el que iniciamos en la poesía, de que además de hacer versos escribíamos prosa y hacíamos periodismo... eso fue bastante importante.

PU: Aquellos tiempos eran muy convulsos política y socialmente, ¿usted cree que la poesía en ese momento respondía a todo lo que estaba en el contexto? ¿Debía responder a todo lo que se vivía?

PdV: Sí respondía, a través de mí.

PU: ¿Debía hacerlo?

PdV: Sí. Todo estaba involucrado, en ese tiempo todo estaba involucrado: las canciones, las de protesta empiezan a aparecer, los poemas, la pintura empieza a teñirse con esas respuestas. Claro, cuando es muy panfletario y se hace ese tipo de poesía, uno sabe que tiene corta vida, pero en ese momento los obreros necesitan ese estímulo para continuar luchando. En mi caso, yo sabía eso y sabía que algunos poemas podían salvarse de ese tipo tan directo y otros no, porque la gran poesía está en el impulso íntimo del poeta, en su intimidad, donde está su ser. Ahí está su esencia.

PU: ¿Qué puede hacer la literatura para aportar a las causas sociales?

PdV: Bueno, escribiendo… se puede aportar como escribió Ramón Amaya Amador, para poner un ejemplo, con “Constructores” y “Prisión Verde”, libros que todavía están vigentes, después de tantos años siguen vigentes. Eso y otras cosas. El cine aportó y aporta mucho, todas las artes están ahí.

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Fotografía: Dany Barrientos

PU: Aprovechando que habla de todas las artes, ¿cómo han influido en usted disciplinas como la música, el cine, la pintura…?

PdV: Más que todo tengo preferencias en la literatura, en los poetas. Pienso en la pintura también, como los grandes murales que hicieron Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros en México, hermosísimos. Siempre creí que no había mucho futuro, porque todo va transformándose, va deviniendo. Por ejemplo, otra persona que aportó en el campo de la pintura a la lucha por los pueblos fue Álvaro Canales, de La Ceiba. Pero él creo que no exploró otras estructuras de la realidad. Tuvo que hacerlo. No digo que está mal lo que hizo, no; yo no soy quién para decir eso, porque él era un excelente artista, muy entregado a las luchas populares, pero la pintura va descubriendo y redescubriéndose a sí misma y no podemos anquilosarlos en formas pétreas.

PU: Usted ha mencionado en sus memorias su contacto con poetas de otros países, para el caso habla mucho de la relación que tuvo con Roque Dalton. ¿Cómo fue su amistad con ellos y con los que tuvo contacto epistolar?

PdV: Le voy a mencionar, primero que a Roque, a este muchacho de Guatemala, Otto René Castillo, quien murió con las armas en la mano, luchando en su país. Aunque para mi criterio, él hubiera hecho más por su país como escritor, hubiera llegado a mejores resultados, porque con el entrenamiento militar cualquier joven puede combatir, pero una persona dotada de tanta inteligencia como Otto René Castillo debería estar todavía entre nosotros, ya viejito, así como yo, hablando de estas cosas. Y él pudo haber aportado más a su causa. No es una crítica, es un punto de vista que he desarrollado a través de los años.

PU: A través de los años, ¿cómo se ha ido desarrollando su concepto de la poesía? ¿Se ha transformado?

PdV: Pues si usted lee mis poemas desde “La Ruta Fulgurante” hasta ahora, no sé si los tiene todos, notará que siempre hay algunos cambios en el manejo del idioma y yo lo que busco es la sencillez, lograr la sencillez. Es complicado esto, porque la lucha con el idioma y con las palabras no es fácil. Son los temas más íntimos los que guardan, son los temas que te dan… Por ejemplo, el amor es uno de los combustibles -el poeta lleva sus manos al pecho y las extiende en un rápido gesto hacia el cielo- que yo he tenido siempre para que mi nave espacial de la poesía viaje al cosmos.

PU: ¿Usted ha tenido suerte en el amor?

PdV: No sé si he tenido suerte o no en el amor, pero he amado mucho y a mí me complace haberlo hecho. Ser amado es hermosísimo, pero es también bellísimo amar. Una persona fría quiere hacer un verso y no tiene ese combustible, sepa que la pieza que está elaborando no trabaja, no se comunica con el lector porque entre el lector y el poeta tiene que haber una interconexión, si no existe esa interconexión no existe el poema. El poema lo hacemos dos, tú y yo lo hacemos. Si no, no. Puedo poner un libro, depositarlo en una mesa al lado de mi cama. Luego llega un gato, cualquier animalito y ahí no pasa nada, porque entre aquel ser viviente y ese libro que está ahí, cerrado o abierto, no hay una comunicación, porque la poesía es uno de los rasgos más importantes del ser humano.

PU: ¿El amor corre peligro en la Honduras actual?

PdV: Ay, dios mío… Eso de que ahora se conquista a las chicas a través del teclado y de una computadora, a mí eso me da frío, me da pavor, porque se aumenta el engaño. Yo puedo decir cualquier cosa mediante el teclado de una computadora, pero es peligrosísimo, ya la juventud, las muchachas corren serios peligros en el mundo, mediante esos aparatos. No digo que no debe haber tecnología, claro que debe haber tecnología, pero ¿quién te controla la tecnología? Yo, sinceramente, me siento con miedo.

PU: ¿Cree que se ame igual en el siglo XXI que en el siglo XX?

PdV: No, no. El siglo XX fue bellísimo, sobre todo cuando yo podía mandar un poema mío o una carta mía y copiarla con mi letra más bonita, -saca la lengua y moja un sobre imaginario que luego cierra- pegarla, depositarla y enviársela a mi chica. Es bellísimo. Todo ese trámite que acabo de describir es bellísimo. Ya no se puede. El amor está, en este momento, corriendo un serio peligro. ¿Y qué va a hacer una humanidad sin amor? Dígame. Sólo furia. Hay que pensar eso, hay que pensarlo.

PU: Usted una vez escribió que “tuvo la dicha de escribir en un tiempo en el que debían tener esperanza”, ¿ha cambiado el concepto de esperanza en Honduras?

PdV: Ay, dios mío. La esperanza se ha refugiado en sectores muy pequeños, porque la mayor parte de la gente está desahuciada, desesperada por encontrarle una salida a este caos en el que estamos sumergidos. ¿Quién nos saca de ese caos? Se puede invocar a Dios también, para que nos ayude; siempre y cuando nosotros los ayudemos a hacer su trabajo. Hay gente que todo se lo deja a Dios, si Dios lo quiere, si Dios para aquí, si Dios para allá y las responsabilidades y las culpas también se las echan a ese ser divino y es bastante cómodo eso. No. Si alguien cree en Dios, se encomienda a él, está bien; pero él tiene que hacer su propio trabajo también. Porque si se ha perdido todo o se va perdiendo todo al compás de los días, entonces la gente mira para la derecha, mira para la izquierda, mira para aquí y no halla respuestas. Entonces, claro, el ser humano triste, afligido, golpeado, saboteado, gaseado, no le queda más remedio que dirigir los ojos al cielo buscando la respuesta que no encuentra en la tierra. Pobre ser humano. Hay veces que parece que todo está perdido, pero yo quiero seguir pensando que en algún lugar, en algún rincón de la tierra, hay un grupito de amigos, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Vaya, seis que están dándole calor a la esperanza con su pecho, que están guardando esa pequeña llama que tienen custodiada y ahí, de alguna manera, nadie lo sabe, ni los sociólogos, ni los sicólogos; nadie, ni los políticos, nadie lo sabe, pero ahí va ir creciendo y creciendo y creciendo y la esperanza va a tener suficiente fuerza para enfrentar al enemigo común y vencerlo. Sí señor, la esperanza no ha muerto, existe la esperanza. Ya lo decía mi amigo turco, Nazim Hikmet a quien tuve la honra de conocer, “la esperanza no ha muerto, existe la esperanza. La esperanza es el hombre”.

PU: Don Pompeyo, ¿cómo le ha afectado a usted vivir en un país donde ha prevalecido el pensamiento sectario?

PdV: Mire, ese pensamiento sectario es terrible, es doloroso, porque en vez de unir separa a las personas. Y uno tiene que aceptar a la gente cómo es, pensando las locuras que sean y tratar de coincidir en lo que nos une. Aunque a mí no me parezcan detalles de otras personas, seguro hay otras cosas que sí me van a parecer, entonces seamos positivos, porque si no, no vamos a ir a ninguna parte... a ninguna parte. Eso es lo que tendría que decir, yo ahorita no tengo una militancia política. Mi militancia es una militancia poética, es lo que mejor sé hacer, es lo que espero seguir haciendo mientras viva. Hay que tener convicciones, hay que arriesgar algo, hay que arriesgarse.

PU: En su libro de 1977, “El hondureño, hombre mítico”, usted describe al hondureño por sus creencias e imaginarios, ¿cómo lo describiría ahora? ¿Añadiría o cambiaría algo a esas descripciones?

PdV: No, yo creo que pese a todo, a los problemas socioeconómicos, políticos y todo eso, el hondureño sigue siendo el hondureño en esencia, lo que viene arrastrando de tanto tiempo atrás. Yo creo que eso no desaparece, es el folklore, el folklore también merece un espacio en la vida y hay que defenderlo, hay que despertarlo, hay que cuidarlo, hay que conservarlo. Un hombre pueda creer en cosas míticas y también en cosas sociológicas, ¿por qué no? Cuando uno se aferra a algo, a una idea, y sólo esa idea puede, pensar que sólo mi idea es poderosa, ahí está lo malo. ¿Por qué el otro no va a tener ideas poderosas y buenas, que puedan conjuntarse con las mías y trabajar juntos por un país mejor?

PU: ¿Cómo visualiza el siglo XXI? ¿Cómo han sido estos primeros catorce años?

PdV: Este siglo XXI no lo puedo visualizar porque apenas empezamos, pero ha empezado muy mal. Terriblemente mal, diría yo, porque hemos tenido que vivir unas etapas que el pueblo hondureño no había pasado por ellas. Siempre ha habido persecución, siempre ha habido problemas, pero lo que hay ahora es terrible, porque eso se ha multiplicado, porque el ser humano no sabe qué hacer, el hondureño no sabe qué hacer, qué responder. Y ya los esquemas tradicionales, eso sí lo sabemos, que los esquemas tradicionales ya no. Eso es basura. Hay que buscar otro rumbo, otras maneras, otros organismos de lucha. Equivocándonos, claro que sí. Nos faltan líderes también, digamos que hay gente entusiasta, gente que puede colmar cuatro, cinco, seis cuadras de las torcidas y agujereadas calles de Tegucigalpa, pero si no hay dirigentes, ¿qué? ¿Qué hacer con esas masas que quieren respuestas y alguien tiene que guiarlas? Y eso es lo que no tenemos todavía, pero sí creo que va a aparecer alguien.

PU: ¿Cree que hay esperanza de que Honduras se convierta en un país más democrático y equitativo?

PdV: Sí.

PU: ¿Cómo podría hacerlo?

PdV: No, yo no lo puedo asegurar. Eso es lo que creo yo, pero creo tantas cosas. Es que yo no sabría qué hacer con un Pompeyo vacío. Yo necesito tener algunas ideas, tener algunas ilusiones. La ilusión es la que se ha perdido, ¿y qué hacemos con un país desilusionado? Las ilusiones también son lucha, sólo hay que echarlas correctamente a caminar. Sólo eso.

PU: ¿Usted sigue escribiendo?

PdV: Tengo dos libros inéditos que los terminé. Pero ya la memoria no me ayuda mucho. Siempre se ve en ellos la búsqueda, hay otras maneras de abordar el poema, nuevas maneras. Sobre todo, llegando a una sencillez especial.

 

 

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