Honduras revela los secretos milenarios de la Ciudad Blanca

Parte del equipo de trabajo involucrado en el proyecto.

El Instituto Hondureño de Ciencia, Tecnología e Innovación (IHCIETI) y la Fundación Kaha Kamasa socializaron este jueves 5 de septiembre los avances del proyecto arqueológico Ciudad Blanca, en el marco de la jornada educativa “i7day”.

“El objetivo de estos eventos es compartir sobre la marcha lo que vamos descubriendo, cosa que no es muy común que se haga cuando hay un descubrimiento arqueológico con una investigación científica. Nosotros queremos compartir porque tenemos una urgencia que es fundamental: proteger. Ese es el gran reto de todos los hondureños”, expresó el presidente de la Fundación Kaha Kamasa, Ramón Espinoza.

Ciudad Blanca

Ciudad Blanca está situada en la reserva del Río Plátano, en La Mosquitia hondureña, y aunque su nombre lo indica, no es una ciudad, sino una zona compuesta por varios yacimientos arqueológicos de mínimo tres ciudades importantes, que pertenecen a una misma cultura.

Para conocer más sobre lo que hasta entonces había sido solo una leyenda, a pesar de exploraciones realizadas décadas e incluso siglos atrás por personajes como Willian Duncan Strong en 1930; Manuel Glassman en 1960 o incluso por el cartógrafo e historiador catracho Jesús Aguilar Paz, quien lo popularizó a través del mapa de Honduras, en el 2012 inició el proyecto Kaha Kamasa.

Según indicaron los investigadores, la primera expedición del proyecto por un equipo integrado por arqueólogos, historiados y biólogos, se realizó tres años después, encontrando en el valle T1 o “Ciudad Jaguar”, varios metates que se supone fueron elaborados por los antepasados de los actuales pech: los patatawá.

“Hemos encontrado que es un taller, un taller que con el paso del tiempo pasó a ser un área ceremonial donde los indígenas llegaban a venerar a sus ancestros; de ser la casa de habitación de un artesano a ser un espacio sagrado para los demás grupos”, detalló Ranferi Juárez, coordinador de sitio.

Cosmovisión

El tipo y la forma de los elementos ancestrales rescatados, así como las características de los vestigios de las urbes donde han sido encontrados muestran un poco de la cosmovisión que por siglos se ha conservado en secreto. Las caras opuestas en los líticos, por ejemplo, representan a los hermanos gemelos Tokani y Pawani, lucero de la mañana y del atardecer, encargados de la cacería; otras, mientras tanto, hacen alusión al zopilote rey, controlador de serpientes, que está en casi todas las piezas; a jaguar negro y el origen de la música o a la serpiente Pirikatá.

“Al final de cuentas esa cosmovisión de los Pech se acerca mucho a lo que tenemos en este sitio. No podemos decir que es cien por ciento pech, pero se acerca. Los elementos tanto arqueológicos como de su tradición se empalman y parece ser que los antepasados son antepasados de la zona”, añadió Juárez.

Los sitios de exploración son manejados de forma científica, georreferenciados y contabilizada cada pieza lítica extraída. Además de las exploraciones en los valles T1, T2 y T3, también se ha visitado sitios como Culuco, Marañones 1, Pisijire y Aner, entre otros.

En cuanto al nombre de los pech, cuyo significado en su lengua nativa es “nosotros”, Espinoza resaltó la intención de cambiarlo por Wahaye, que significa “hijos de la montaña”, en honor a ese vínculo que mantienen con la selva y su pasado ancestral.

“Estamos en ese proceso de autenticar ese tema de la denominación y darles, en concordancia con lo que ellos acuerden en su consejo de tribus, un nombre que represente más de lo que son y que es parte de nuestro patrimonio cultural. Creemos que Wahaye es algo más auténtico y que les eleva su propia dignidad”, resaltó el funcionario.

Ranferi, por su parte, acotó que los hallazgos del proyecto se darán a conocer en su totalidad en un libro que será publicado a final de año. Asimismo indicó que hasta ahora se ha trabajado únicamente con los pech, sin embargo, a mediano plazo se trabajará también con los tawakas y misquitos.

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