SI LAS ESCULTURAS PUDIERAN HABLAR...

Cristo de El Picacho.

En una mañana de domingo, con poco sol, fresca, con un aire que huele a pino... dos amigas en sus veinte disfrutan de la escultura El Cristo de El Picacho, ubicado en el cerro homónimo. En sus caras se observa la fascinación al recorrer con sus ojos la estructura de 30 metros. La mirada de ambas se enfoca en los detalles; pero sin duda el rostro de la figura asume toda su atención ya que refleja un sentido tranquilizador que sumado a la impresionante vista, concede una sensación de paz, muy tangible, distinta y compuesta de muchas emociones.

Tal vez usted, lector, ha disfrutado como muchos del Parque Nacional El Picacho y la escultura más famosa de la capital, el Cristo que se erige en el cerro; pero ¿conoce usted al autor de esa obra de arte?, tal vez lo desconozca. Esta figura religiosa es una obra del recientemente fallecido y prestigioso escultor hondureño Mario Zamora Alcántara, uno de los hombres más talentosos en este arte y con una profunda creatividad que se refleja en los múltiples monumentos ubicados en distintos puntos de Tegucigalpa.  

El trabajo de Zamora es uno de los más importantes del siglo XX en Honduras no solo por la calidad de sus trabajos, sino por la representatividad de los mismos y su valor dentro de los espacios donde se erigen. No es casualidad, entonces, que se eligiera al artista para crear una escultura en bronce del prócer hondureño Francisco Morazán, la cual  se observa majestuosamente al frente del edificio del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE). La obra es un fiel  recordatorio de la importancia de la unión de los países hermanos centroamericanos, mediantes diferentes lazos históricos, sociales y culturales.

Las obras del escultor se aprecian desde la Plaza La Merced hasta los bajos del Congreso Nacional. Entre sus trabajos destacan la representación del fundador de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), el presbítero José Trinidad Reyes, una escultura que expone los rasgos curiales de la época, pero coloca al personaje con una mirada vigilante con vista al horizonte; así como el Monumento a la Madre, una obra que nos recuerda el valor de la familia, que esculpió en su tierra natal Danlí, El Paraíso, que vio nacer a uno de sus hijos más prodigiosos en los años veinte del siglo pasado.

Su talento le permitió graduarse como profesor de Artes Plásticas en la Real Academia de Roma, donde adquirió y desarrolló conocimientos en la técnica de la escultura en mármol, y también fungió como consejero de la Embajada de Honduras en la Republica de México, lugar donde también se desarrolló profesionalmente con contribuciones a los Niños Héroes en San Miguel de Allende, y otras obras dedicadas a Netzahualcóyotl, Benito Juárez, Amado Nervo y Adolfo López Mateos.

En tal sentido, el fallecimiento de tan prominente escultor como Mario Zamora, a sus 97 años, nos permite recordar la importancia del arte dentro de los corazones hondureños, y su figura para representar valores y conceptos, que solo serían posibles a través de la escultura y las manos de talentosos artistas que forjaron de un pedazo de mármol o de una pieza de bronce para crear obras de arte que vivirán en los corazones de aquellos que las contemplan.  

Noticias relacionadas:

Comentarios