«SOBREVIVIR HONDURAS»: UN LIBRO SOBRE LA VIOLENCIA, EL ALCOHOL Y LAS MAQUILADORAS

Cuando se trata de explicar a Honduras atendiendo a su complejidad, las revisiones son obligadas para quienes desean comprender la hondureñidad, con su diversidad y matices. En el libro Sobrevivir Honduras, la antropóloga estadounidense Adrienne Pine presenta una obra derivada de su tesis doctoral con una investigación realizada entre 1997 y 2003; donde la violencia, el alcohol y la industria maquiladora son los temas desde los que examina la formación de las identidades y subjetividades hondureñas.

Pine explica que su primer propósito de estudio se centraba en la maquila, una visión a los procesos que marcan la vida de las mujeres obreras en las maquilas y su repercusión en el contexto familiar y social; luego incluyó el tema de la violencia y las percepciones y uso del alcohol.

Honduras

La antropóloga Adrienne Pine es docente en la American University. Sobrevivir Honduras fue publicado en inglés bajo el título Working Hard, Drinking Hard: On Violence and Survival in Honduras en 2008, un año antes del golpe de Estado al ex presidente Manuel Zelaya Rosales.

Pine fue docente visitante en la carrera de Antropología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) entre 2013 y 2014.

Esta primera edición en español sale al público bajo el sello de Casasola Editores, cuenta con el prólogo de Rodolfo Pastor Fasquelle, historiador y ex Ministro de Cultura en Honduras, y la traducción de Marcela Carías, docente de la carrera de Letras en la UNAH.

El libro será presentado en Tegucigalpa el próximo miércoles 25 de noviembre, en el Centro de Recursos de Aprendizaje (CRA) de Ciudad Universitaria, a las 4:00 p.m.; el jueves 26 de noviembre en Café Galería Paradiso, a las 7:00 p.m.; y luego en San Pedro Sula el viernes 27 de noviembre, en el Museo de Antropología Historia, a las 7:00 p.m.

Presencia Universitaria reproduce a continuación la entrevista sostenida con Adrienne Pine:

Usted menciona que el abordaje del tema de la violencia no era el enfoque inicial… ¿cómo entró en la investigación?

Cuando volví a leer mis notas de los primeros días de mi trabajo de campo, me di cuenta que eran conversaciones que tuve con la gente acerca de la violencia. Pero mi enfoque eran las maquilas. Ese tema estaba de moda, y todavía lo es entre los chicos de la universidad en Estados Unidos: pensar en su ropa, de dónde viene y demás.

La violencia era algo del ambiente sobre lo que escribía y de lo que luego dejé de escribir porque se volvió tan común que dejé de notarlo. Pero tres años después, me acompañaron dos amigas estadounidenses a Honduras. Yo traducía para ellas mientras nos quedábamos en el Barrio Cabañas de San Pedro Sula, con fama de ser un lugar peligroso pero donde siempre nos daban buena acogida. Tenía que traducirles cada vez que alguien decía "no vayan ahí, que es muy peligroso, hace apenas una semana mataron a una persona o violaron a esta chica".

Además, me había acostumbrado a ver tanta muerte en las imágenes de los periódicos y en la televisión, lo que llamo pornografía de la muerte. No me impactaba porque se me había olvidado lo que tanto había escrito en los primeros días. Mis amigas preguntaban "¿qué pasa con esta gente que solo habla de la violencia, de las matanzas? Qué macabro, es como una obsesión".

Fue al hablar con ellas que me di cuenta que esa era la historia más importante para las y los hondureños. No que la maquila no fuera importante, pues realmente era mi prioridad, pero no era la de mis interlocutores, de mis amigos y amigas, de mis compañeros en Honduras. Para ellos, la violencia en las calles era lo que importaba.

Explica que observó cómo la violencia se traducía en políticas de “mano dura”. ¿Le sorprendió la respuesta de la gente a estas políticas?

Me sorprendió que la misma gente que había sufrido ataques de escuadrones de la muerte estaban totalmente a favor de los escuadrones de muerte. No me lo explicaba y esto era porque el discurso fue tan fuerte, el discurso que decía que las maras eran el origen y la causa de la violencia. A pesar que ellos mismos tenían la experiencia de haber sido atacados por el gobierno, la violencia neoliberal y hasta por los escuadrones de muerte, culpaban a las maras y por lo tanto estaban a favor de las políticas de exterminio. No me lo explicaba porque no era lógico para mí.

¿A lo largo del tiempo esa dinámica ha adquirido algo de lógica para usted?

Es lo que escribo en la nueva introducción. Siempre peleaba con mis amigos mientras realizaba mi investigación, cuando todavía era estudiante de doctorado. Me decían "Adriana no podés entender porque no sos hondureña y no te han matado la hermana, el tío, el papá, un hijo. No has sufrido lo que uno ha sufrido acá". Y sabía que era cierto. No pretendo ser hondureña y ese no es el fin de mi estudio, pero pensaba que a pesar de tener razón en que no soy hondureña, no era lógico matar a alguien que no tiene la culpa o incluso matar a alguien que tiene culpa de algo.

Creía que todo el mundo tiene el derecho a un juicio, el discurso liberal de los estados, que hay un estado de leyes. Lo había internalizado por ser gringa y blanca, por vivir en un país en cuyo medio hay un cierto respeto para las leyes para gente como yo, que no soy negra o migrante, y tengo esos privilegios.

Me di cuenta que el pensamiento era lógico con otra estructura de lo que yo había reconocido: la encarnación de la impunidad que no permite, digamos, una lógica diferente y no muy sana diferente a la de ojo por ojo.

Cuando un perro mató a mi gata sentí tanta rabia. Eso sucedió después de vivir unos nueve o diez meses en Honduras, con esa inseguridad que se siente, ese miedo. Lo primero que pensé es "voy a contratar un sicario para matar al dueño de ese perro. Y al perro también". Me asustó el hecho de que yo tuviera la capacidad de pensar tal cosa, pero en ese momento me di cuenta que mis amigos tenían razón: que yo, por no ser hondureña, y por no haber vivido lo que ellos vivían, no podía entenderlo.

En su análisis menciona también a las iglesias, ¿qué influencia observó que tienen sobre los hondureños?

Hay muchas formas de sujetar o subordinar a los hondureños. La religión es una forma bárbara para que la gente no mire las estructuras de violencia, la historia, el colonialismo y el imperialismo actual de los que casi nadie habla en Honduras, ni en otros países. Esto, a pesar que Honduras es la base militar de Estados Unidos para toda la región, es como si no estuviera ahí. Ni siquiera con la resistencia se hablaba mucho de eso. No todas las iglesias ejercen esa influencia, porque hay excepciones muy importantes.

Pero la mayoría de las iglesias ayudan a las y los hondureños a no resistir la violencia estructural, y más bien culparse a ellos mismos por los problemas que vienen de la violencia neoliberal, del imperialismo y el golpismo continuo que se vive en Honduras. En vez de señalar esa violencia, las iglesias promueven una ideología en la que la gente es culpable de la violencia que se ejerce en su contra.

Y sobre el tema del alcohol…

El primer libro, en inglés, se llama Working Hard, Drinking Hard, pero estoy mucho más contenta con este título en español. En inglés, el título sugiere que los hondureños son muy "bolos", cuando, de hecho, mi argumento es que no son tan bolos como ellos dicen o como ellos creen.

Se dicen bolos como una forma de menospreciarse y, más que nada, para despreciar a la gente pobre, a los hombres pobres. Tampoco se reconoce, o más bien se tienen ideas muy raras sobre el uso del alcohol en las mujeres, que era excesivo el alcoholismo entre ellas. Era obviamente un significado mucho más moral o un pánico moral sobre que las mujeres beban.

No es que no haya alcoholismo o problemas graves relacionados, pero notaba que se exageraba y usaban el alcohol para estigmatizar a la gente pobre, cuando los ricos son igualmente bolos, con la diferencia que toman en privado y no en público.

También ligan el alcohol con criminalidad. La religión juega un papel fundamental en eso, tanto en echarle la culpa y crear ese estigma, como también en la supuesta rehabilitación ya que la religiosidad era central en el discurso de Alcohólicos Anónimos, que era muy popular en Honduras. Encontré interesante que Alcohólicos Anónimos era una organización totalmente diferente de lo que es en Estados Unidos, sobre todo entre los anglos porque entre los centroamericanos que viven en Estados Unidos es como con los que viven en sus países. Por ejemplo, lo anónimo no se tomaba muy en serio en Honduras, porque me encontraba gente en la calle que me decía "Yo soy alcohólico anónimo y él también". Llamarse "anónimos" era más como un nombre, pero no tenía el significado de la palabra. Esto para mí no era bueno o malo, solo lo encontraba interesante como una antropóloga, así como la tendencia a tener que volverse religiosos para curarse de acuerdo con el discurso de Alcohólicos Anónimos.

¿Qué aspectos actualizó para la edición en español?

La versión en inglés se publicó un año antes del golpe de Estado y una de las preguntas centrales era "¿por qué los hondureños no resisten más a esa violencia imperialista, neoliberal, estructural?" Una vez publicado, se estaban resistiendo masivamente y tenía que lidiar con eso teóricamente.

El golpe fue un momento terrible, para ustedes los hondureños mucho más que para mí. Comprobó muchas de las conclusiones que había sacado anteriormente acerca de la política, violenta, de seguridad neoliberal y los impactos que puede tener. Lo que quería hacer con la introducción a esta edición, y por lo que también le agradezco mucho al ministro Rodolfo Pastor Fasquelle en su prólogo, fue su disposición a actualizarme un poco, porque han pasado muchos años y han sido muy importantes para probar lo que propongo, para explicar la hondureñidad y también, a la vez, lo que significa ser hondureño u hondureña en el transcurso de estos siete años.

¿Replantearía algo del abordaje que hizo en el estudio?

Las dos cosas que señaló Rodolfo en el prólogo. Replantearía, aparte de los muchos pequeños errores que tiene el libro, los dos grandes errores: le falta de historia más allá de los ochenta, porque en el libro empieza por ahí y eso no es correcto. Los historiadores tienen razón, la historia explica mucho. El segundo aspecto es que el debate, la conversación intelectual a que estoy respondiendo es una entre franceses, británicos y gringos, pero muy pocos hondureños, muy pocos latinoamericanos y eso es una vergüenza total.

Debería haber citado principalmente a las y los hondureños que hacen trabajos magníficos de ciencias sociales, de análisis sobre la situación mucho mejor que yo, así como a las antropólogas y antropólogos, sociólogos, teóricos políticos de toda América Latina que han tenido una influencia muy importante pero que, desafortunadamente, no ha llegado a las universidades estadounidenses.

Para mí, de aquí en adelante, es mucho más importante ser parte de esa conversación latinoamericana, y hondureña en particular, que seguir la conversación un poco miope entre los mismos imperialistas.

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