UNA NIÑEZ INTERRUMPIDA

En un cuarto oscuro, con paredes de zinc, el llanto de un bebé retumba. La incitación del  llanto es una llamada para indicar que tiene frío y hambre. En una habitación contigua, Abigaíl Mejía se levanta de su cama para atender el llamado de su retoño. Con mucha rapidez, la joven madre logra calmar los sollozos de la pequeña criatura, que cambia su amargura por una sonrisa gracias a los efectos de  los besos y abrazos de su progenitora. Después de alimentarlo, Abigaíl se sienta en una silla al lado de la cuna hechiza, y coge un libro de biología para  repasar la lección de la clase que recibió en la mañana en su escuela.

La escena ficticia anterior pasaría desapercibida o inadvertida si no la colocáramos en un contexto adecuado, ya que la pequeña historia descrita es un testimonio de una niñez interrumpida, un relato de las más de 900 víctimas de una violación a menores de 14 años en Honduras, de acuerdo a datos de del Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem-Honduras).

Las cifras se vuelven  escalofriantes cuando los comités de defensa de derechos de la mujer establecen que las víctimas pueden ser más; de acuerdo  a sus estimaciones, 3 niñas son violadas cada día, un aproximado de 1095 al año. Dimensionar esta cifra se vuelve imposible cuando se le coloca un rostro a las niñas, o en muchos casos producto de esa violación nace un niño que surge en un escenario sombrío y lleno de mucha incertidumbre.

Sin embargo, este escenario debe ser interpretado como una problemática multicausal como señala el académico José Palacios en su artículo “El abuso sexual a niñas, niños y adolescentes: un secreto familiar, un problema social”. Las razones para que se cometan estos delitos tipificados con 20 años de cárcel, de acuerdo a la legislación hondureña, se debe a temas causales como la negligencia familiar, la discriminación de género y hasta el machismo; pero aparte de los posibles orígenes, existe un problema de mucha gravedad como es la cultura del silencio, que, como señala el autor, muchos de estos crímenes quedan en la clandestinidad.

Esta cultura de ocultar el delito afincado en las familias hondureñas nos presenta un panorama mucho más tenebroso, si tomamos en consideración los constantes señalamientos que realizan las organizaciones como Médicos sin Fronteras, al indicar que las cifras con las que se cuentan son solamente la punta del iceberg, ya que muchos de los delitos sexuales no son denunciados ante las autoridades correspondientes, que carecen de protocolos de atención a las víctimas, de acuerdo a Cladem-Honduras.

En el abordaje de este delito, también conocido como estupro, debemos analizar el papel del agresor, que como señalan muchos estudios, sus causas se pueden encontrar dentro de los mismos círculos familiares ya que las víctimas conocen a su agresor, y en muchas ocasiones penosamente pertenecen al vínculo más íntimo familiar. Interpretar la motivación a estas acciones es, a veces, indescifrable, pero de acuerdo a la tipología de Groth, se encuentran tres causales: la primera, violación de hostilidad, se produce con violencia para consumar el acto; la segunda es la violación de poder, la meta es la conquista sexual, como compensación, y la tercera corresponde cuando supone una explosión de hostilidad, que sucede después de cometer un primer delito como un asalto.

Dadas estas condicionantes, los datos registrados de incidencia delictiva contra la niñez entre los años 2012 y 2014, tiempo en el  que se contabilizaron 12,495 denuncias, las de mayor registro fueron los delitos contra menores en riesgo social, seguido del  delito de violación, de acuerdo a estadísticas del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

En tal aspecto, es necesario interpretar que la psicología de los agresores es un producto de una sociedad y  su problemática debe ser analizada desde diferentes puntos de vista, con un abordaje integral que oriente en mejorar el trato de la víctima así como buscar una respuesta que no se base en lo punitivo, sino en investigaciones que orienten la interpretación de un delito con tasas muy altas de incidencia, principalmente a menores de edad. De no hacerlo, seguiremos observando la repetición de la historia de una Abigaíl Mejía, una niña que perdió su inocencia ante la poca respuesta de una sociedad ausente.  

Noticias relacionadas:

Comentarios