¿VAMOS AL TEATRO?

Escena de una obra realizada en el "Teatro Memorias" de Tegucigalpa.

Alejarse un rato del estrés que genera un empleo (para quienes tienen la dicha de tener uno) o de las preocupaciones personales… o simplemente distanciarse de ese asunto llamado Honduras, no es sencillo, para ningún ciudadano lo es.

Construir una vida «tranquila y próspera» en este país, considerado como uno de los más pobres del continente y el más peligroso del mundo (exceptuando las naciones en guerra), es el trabajo más delicado para los hondureños.

Recientemente un estudio realizado por un grupo de psicólogos concluyó que 7 de cada 10 hondureños tienen trastornos psicológicos, una de las razones: su relación con el contexto. Las causas son obvias, más bien la pregunta es qué hacen las tres personas que manejan mejor los inconvenientes externos.

Escapar de la realidad dominante se asume desde las distintas posibilidades. ¿Salir del país? Sin duda que es una de las pláticas más frecuentes en todos los estratos sociales. Entre ellos existen los emigrantes que exponen sus vidas al irse a Estados Unidos. Los que desde Miami administran sus empresas en Honduras. O los que le dan «me gusta» cada vez que Presencia Universitaria publica en las redes sociales alguna oferta de becas para estudiar en el extranjero.

Acuerdo de Cartagena

Recientemente platicábamos con un colega del trabajo que Tegucigalpa (por cierto, incluida dentro del último «ranking» de las diez ciudades más peligrosas del mundo) ha perdido el proceso de consolidación de una agenda cultural que vivió la capital, meses antes y después del golpe de Estado de 2009. Agenda que ayudaba a distraerse del estrés anteriormente mencionado.

Recuerdo los conciertos de Perrozompopo, de Joan Manuel Serrat, de Fito Páez, Café Tacuba y de grupos hondureños que tocaban en bares y espacios culturales de Tegucigalpa. Con frecuencia había exposiciones de jóvenes a los que les gustaba pintar o escribir. No todo era profesional, pero había movimiento.

Ya se ha dicho del impacto que tuvo el golpe de Estado en la creatividad artística, hasta que la reacción perdiera su espontaneidad y se volviera partidista. ¿Sabrían los que firmaron el Acuerdo de Cartagena que influirían en ralentizar el movimiento cultural que surgía en Honduras?

Otro aspecto que influyó negativamente en el cierre de algunos espacios culturales que generaban una vida nocturna más allá de tomar bebidas alcohólicas, fue el ascenso de la inseguridad. El cobro de «impuestos de guerra», los asaltos frecuentes, los secuestros y demás modalidades de violencia, repercutió directamente en la agenda cultural de la capital. Era mejor cerrar el negocio que arriesgar la vida detrás de una barra. ¿Obvio, no?

¿Vamos al teatro?

Edificios de más de veinte pisos, la apertura de centros comerciales a menos de 200 metros de distancia entre ellos, de hoteles cuando no hay turistas, y demás macro proyectos de infraestructura que se construyen en Tegucigalpa, no ha potenciado la vida cultural de la ciudad. Al no haber un sector privado que le inyecte presupuesto a la cultura, y frente a un Estado incapaz de establecer una política cultural, la ciudadanía carece de lugares destinados a las artes.

No obstante, hay personas que a pesar de las dificultades intentan abrir espacios diferentes. Un ejemplo de ello es el teatro en Tegucigalpa. Apuestas como el «Teatro Memorias» o el «Athanor» demuestran que con poco presupuesto se pueden ofrecer eventos y lugares que nos sacan del tedio al que hemos caído inexorablemente como sociedad.

En Tegucigalpa se agradece que ahora exista una agenda mínima de teatro. Esta semana, en una misma noche se estrenaron las obras «El Método» (en el Athanor) y el conocido «Monólogo de la Vagina» (en el Teatro Memorias).

Estos esfuerzos se valoran aún más cuando se sabe que el teatro en Honduras prácticamente no existe. Acá los actores tienen en sus currículos más comerciales de televisión que obras de teatro, y probablemente a los directores les tocará vender los boletos en la entrada o una cerveza en el bar de estos escenarios. Pero, tomando en cuenta la situación cultural del país, ¿de qué otra manera pudo haber sido esta historia?

Anoche fui a ver «El Método» (la obra más exitosa del teatro español en este siglo). Habrá aún sobreactuaciones en algunos actores. Errores de dicción en otros. Una columna enfrente del escenario. Los que desean ser críticos de teatro (porque en el país no existe una crítica profesional) dirán que probablemente la puesta en escena pecó de «falta de ritmo» e intentarán analizar a profundidad la adaptación del guion, etc. Podrán o no tener razón, y seguramente habrá mucho por mejorar, pero no cabe duda que la obra distrae de la realidad chocante que vivimos diariamente, al alejarnos por dos horas de la inhosptalidad de Tegucigalpa.    

¿La lección? Así como hay personas en este contexto que con todos los obstáculos imaginados, abren espacios para fomentar una agenda cultural, un esfuerzo similar debemos realizar los «consumidores» para asistir a estos eventos. Nada crecerá sin retroalimentación.

Pertenecer a ese grupo reducido, y por ende, selecto de personas que no tienen trastornos psicológicos, en un país donde es más común toparse con un muerto en la calle que con una exposición de pinturas, merece hacer un esfuerzo. Habrá muchas otras, pero el «consumo» de cultura es una vía, que además de distracción, fortalece la salud mental de los ciudadanos.  

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