A 45 AÑOS DE LA “GUERRA DE LAS CIEN HORAS”

14 de Julio del 2014

En memoria de Manuel Torres Gutiérrez, mi padre, y Eduardo Gutiérrez, mi tío; ambos salvadoreños.

Uno de los fenómenos culturales y políticos más sorprendentes de los últimos años ha sido el surgimiento de la memoria histórica como una preocupación central de la cultura y de la política de las sociedades occidentales.

Estamos hablando de la memoria histórica como un derecho de las personas y de los pueblos, es decir, que tiene una doble dimensión, la individual y la social; tan importante como el derecho a la libertad de expresión, a la opinión o a la salud.

Varios países avanzan incluso en la institucionalización de ese derecho. España, por ejemplo, aprobó una Ley de la Memoria Histórica en diciembre de 2007 y con ello abrió  una nueva etapa en la reparación y reconocimiento de las víctimas de la guerra civil y el franquismo.

La Ley como instrumento

En los considerandos de la ley se justifica como un instrumento que contribuye a hacer efectivos los derechos reconocidos a las víctimas, “a cerrar heridas y eliminar cualquier elemento de división entre los ciudadanos”.

La ley facilita el acceso de la ciudadanía a la información que sobre ellos o sus familiares guarden los archivos, registros o fondos documentales públicos. También insta a recopilar y difundir información histórica y de los documentos relativos a  la Guerra Civil, el exilio y la dictadura.

España no es el único país que promueve una apertura de esa naturaleza. Generalmente esa reivindicación ciudadana gira en torno a temas específicos, ligados a violaciones a los derechos humanos, como en los casos de Sudáfrica, Argentina, Perú y Chile, para citar unos pocos.

Los testimonios de la historia son múltiples y van más allá de los archivos documentales. Están en fosas, relatos, recuerdos, cartas, manuscritos, objetos, monumentos, nomenclaturas, reportajes, música…a través de los cuáles se busca rescatar la verdad de los hechos.

Esta larga introducción viene al caso hoy, 14 de julio, que se cumple el 45 aniversario del conflicto armado entre Honduras y El Salvador; la guerra de las oligarquías.

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Matar al hermano con el silencio

El por qué de aquella violencia fratricida no ha sido investigado lo suficiente. Pocos textos hay al respecto, y menos aún de escritores nacionales. La literatura y el periodismo han trabajado más el tema que los mismos historiadores. Después de tantos años no hemos transitado de una fragmentada y manipulada memoria oficial dispersa a una memoria histórica social coherente.

Se le sigue llamando y estigmatizando como “guerra del fútbol” a un episodio trágico que sirvió a las viejas oligarquías para acumular más poder en su pretensión de desactivar tensiones sociales y políticas. El problema, en la perspectiva del tiempo, es que a la amnesia deliberada de los estados y los instigadores directos, se suma el silencio o el olvido de la ciudadanía y de sus intelectuales. Que los generales Oswaldo López Arellano y Fidel Sánchez Hernández hayan enterrado consigo su memoria de los hechos es, de alguna manera, comprensible, pero no es justificable la inexistencia de una reconstrucción histórica “bajo la exigencia de totalidad y objetividad”, como bien lo señala el español Santos Juliá.

Aquellos fueron acontecimientos que cambiaron las líneas de la vida de miles y miles de familias. Cada año que pasa, la memoria se va diluyendo o muriendo, y reclama más la investigación histórica, rigurosa y a fondo, porque memoria e historia no son lo mismo. Esa es una responsabilidad que los intelectuales hondureños no deben soslayar: investigar, publicar, debatir.

La verdad no oficial

En la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH) se vive un proceso de reforma que posibilita condiciones para la búsqueda de la verdad no oficial y laica. Este es el tiempo de que los académicos tengan un papel más activo ante las exigencias de la verdad histórica. La memoria histórica no llegará por sí sola, sino a través de proyectos rigurosos, debidamente estructurados y realizados.

Ojalá de entre la multitud de voces que todavía recuerdan aquellos días infames se puedan recoger los testimonios que le devuelvan a la “guerra de las cien horas” su verdadero trasfondo arrebatado. Debemos ser optimistas. Es posible que esté llegando el momento en el cual la memoria se vuelve más más necesaria de conservar en la medida que la estamos perdiendo.

(*) El autor es Periodista, Asesor Técnico de UTV y miembro de la Junta de Dirección Universitaria.



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