LAS ARMAS DE FUEGO ESTÁN DESTRUYENDO LA ESPERANZA DE LOS JÓVENES EN HONDURAS

29 de Marzo del 2017

El 27 de marzo de 2017 era un día normal, soleado como todos los días de marzo, y con una temperatura similar a la que se experimenta en el sur del país, seca y sin visos de lluvia. En este clima de aparente calma, en una ciudad como Tegucigalpa, caracterizada por el incremento de la violencia en los últimos años, varios jóvenes regresaban a sus casas luego de recibir clases en el Instituto Héctor Pineda Ugarte (IHPU). Durante el  trayecto a casa, a unos metros del Jardín de Niños José Cecilio del Valle, en el sector 10 de la colonia Hato de Enmedio, varios sujetos realizaron disparos a los jóvenes Fabio Alexander Bonilla, de 20 años, y Luis Murillo, de 21. Ambos murieron en el Hospital Escuela Universitario la misma tarde.

La crónica es una historia que resulta familiar, es decir un relato que se repite constantemente en los noticieros y diarios del país. Y no es para menos, de acuerdo a las estadísticas del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), en el período de 2012-2015, en el país murieron 3,667 menores de forma violenta, 7 de cada 10 homicidios fueron cometidos con arma de fuego como el ocurrido el 27 de marzo.

La gran cantidad de homicidios perpetrados utilizando arma de fuegos indica una proliferación de este instrumento de forma ilegal, ya que actualmente la legislación aprobada el 19 de junio del 2010  es muy restrictiva en cuanto la comercialización, tenencia y portación de armas. La ley establece la portación a través de un registro balístico y un pago de matrícula, también regula el traspaso entre particulares y restringe el uso de particulares de armas caseras como las chimbas y de uso militar o policial, consideradas de uso bélico.

Considerando el punto anterior, es preciso señalar que el problema parece residir en un incremento de las armas ilegales en el país, un problema que muchos sectores de la sociedad han señalado. De acuerdo a informes de la Fuerza Nacional Antievasión (FNA), se incauta un promedio de 35 a 40 armas de fuego al mes. El aumento del  ingreso de este material no parece disminuir, ya que los traficantes de armas utilizan puntos ciegos fronterizos, y cada vez utilizan formas ingeniosas para su ingreso como esconder estos dentro sacos de alimentos para mascotas o esconderlas dentro de electrodomésticos. De acuerdo a datos preliminares de 2012 de la Secretaría de Seguridad, en Honduras circulaban un millón de armas de forma ilegal. 

A pesar del riesgo que representa su transporte, este negocio prohibido es muy lucrativo, con un facturación que genera entre 170 a 320 millones de dólares por año, según datos de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Aunque es complicado calcular el número de personas víctimas de esas armas ilícitas, existe una estrecha relación con otros tipos de crímenes como la trata de personas o tráfico de drogas, que juntas forman una industria con un valor de más de 2 billones de dólares anuales. 

En esta cultura de las armas resulta interesante conocer la percepción social de las mismas. De acuerdo a un estudio elaborado por la titular de Dirección de Investigación Científica y Posgrados de la UNAH,  Leticia Salomón, el uso de las armas ligeras  tiene diversos significados para la sociedad, que las consideran como un instrumento de defensa, como un artículo para resolver problemas familiares y personales y un artefacto asociado a la muerte. En este sentido, el documento elaborado por la científica destaca que el 79% de las personas consideran que el uso de armas es para hombres mayores. Curiosamente  la percepción de su uso está relacionada a la zona, por ejemplo en las zonas rurales está asociado al cuidado de ganado y en el ámbito urbano para la defensa personal.

En otro aspecto, es importante destacar que el incremento de las armas de fuego no es una garantía para la seguridad y el aumento del tráfico de estos instrumentos de la muerte trae consigo una ola de inseguridad que afecta a la población hondureña, que se traduce naturalmente en el crecimiento de homicidios, siendo las personas jóvenes las más afectadas dentro de una guerra de soldados silenciosos sin cuartel ni bandos; pero sí de víctimas.

 



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