¿NACIÓ LA OPOSICIÓN POLÍTICA PARLAMENTARIO EN HONDURAS CON LIBRE Y PAC?

13 de Diciembre del 2013

Por Manuel Torres Calderón. Periodista

Para cualquier sistema democrático o que aspire a serlo, el papel de la oposición es fundamental, más aún en el caso de Honduras que por primera vez tendrá una representación parlamentaria significativa de al menos dos fuerzas políticas nuevas: Libre, con 37 diputados y el Partido Anticorrupción (PAC) con 13. La era de los partidos tradicionales dominantes, con bancadas de 70 o más parlamentarios cada uno clausuró por ahora.

Hay mucho por discutir al respecto, pero aunque el telón electoral inmediato parece haber revelado las cifras; priva mucha oscuridad. Los hábitos de la desconfianza y el recelo persisten. Se lee el panorama post electoral con escepticismo. Quienes ven pasar zumbando las moscas todavía advierten que hay desechos sobre la mesa.

Desde hace tiempo se hace referencia a la necesidad de romper con el bipartidismo y a la necesidad de un estatuto diferente de la oposición. Esa es una posibilidad, pero no una realidad. El bipartidismo es más que dos partidos políticos; de la misma forma que una República Bananera no necesariamente la caracteriza ser productora de bananos. La Italia dirigida por Berlusconi, por ejemplo, no tenía nada que envidiarle a uno de nuestros tantos países del trópico.

El bipartidismo hace referencia a una manera de ejercer el poder y entender la cultura política. De hecho, dentro de esa perspectiva el próximo ungido como Presidente del Congreso Nacional debe tener credenciales de “cultura bipartidista”, es decir, alguien que trascienda las reglas y le entienda al trámite.

El “clientelismo” en la política hondureña tiene al menos dos dimensiones: la vertical, que se establece entre las organizaciones políticas y la población, y la horizontal, que es entre los propios partidos políticos. Ambas pervierten las aspiraciones democráticas y frustran una genuina representación de los intereses de los electores.

Por ahora, aunque el ganador no se lo llevó todo, si aspira a mantener la vigencia del derecho de pernada parlamentario. Bajo su óptica, la Presidencia del Congreso Nacional le corresponde; lo demás puede negociarse.

En el colectivo, buena parte de los votantes desean que los presidentes de los poderes Ejecutivo y Legislativo provengan de diferentes instituciones políticas, que se complementen en lugar de ser compinches, pero esa ventana aún está lejos de abrir. Los acuerdos entre las élites lo impiden.

Pero no sólo quienes detentan el poder están deshabituados a entender la oposición sino que la oposición a entender su verdadero papel. La existencia de los partidos minoritarios o comparsas, como la DC, el PINU o Unificación Democrática, lo confirman y probablemente a eso se debe la indiferencia -más que castigo- de los votantes- en los paupérrimos resultados que obtuvieron.

Una vez, hace muchos años, cuando mi cuñado Matías Funes lanzó su primera candidatura presidencial a través de Unificación Democrática se me invitó, sin militar en esa organización, a colaborar en la redacción de una propuesta de gobierno. Mi plan fue retomar las ideas de amplios sectores de la sociedad y tratar de reflejarlas en una serie de iniciativas escalonadas.

La propuesta fue rechazada por la mayoría, orientadas por voces que decían lo siguiente: “son buenas ideas, pero no es un plan revolucionario; lo que necesitamos es una propuesta revolucionaria”.

Claro, yo pensaba en una propuesta viable para hacer oposición; los detractores pensaban en la toma del poder, aunque no tuvieran el mínimo asidero de radicalidad para lograrlo.

Eso es típico en los partidos políticos minoritarios: ofrecer todos los cambios posibles a sabiendas de que no importan los excesos de imaginación cuando se sabe que a lo mucho la aspiración serán unas cuantas curules. Francamente, una actitud de esas oscila entre la insolación y la incapacidad manifiesta de saber dónde se está parado.

Algo de eso, paradójicamente, contagió a Libre en la actual coyuntura. Sin ser un partido revolucionario, sus discursos pretendían ser revolucionarios, incluso, varios de ellos, pronunciados con nomenclatura y acento caribeño. No se prometía el cambio, sino el cambio total una vez ganada la Presidencia. Siendo un partido con posibilidades reales de triunfar, se comportó propositivamente como si no las tuviera y eso lo aisló de votantes nuevos y necesarios para afrontar el fraude o la aplanadora gubernamental.

mel

Ante los graves problemas nacionales, Libre prometió el sol rojo, no respuestas terrenales, efectivas, convincentes y viables. Incluso su principal dirigencia llegó a pensar que la contienda se definía como una “guerra entre clases”, sin ninguna evidencia plausible de que Mel Zelaya o Xiomara, para citar dos casos, hayan abandonado previamente la suya. Evidentemente, en Honduras hay un conflicto de clases sociales, pero no era este el escenario donde se dirimía.

La promesa de convocar al día siguiente del triunfo a una Constituyente de la que saldría una Constitución Socialista reflejó los imponderables de Libre para concebirse como un proyecto democrático y reformista. Se le pretendía proyectar como revolucionario cuando a lo sumo llegaba a un neoliberalismo social.

Las constituciones que dan vuelta de calcetín a todas las normas legales sobre las que descansa las estructuras de un Estado y que surgen unilaterales de parte de un partido, no salen de las urnas, sino de las armas; no emergen de elecciones sino de guerras. Y eso no estaba, ni está planteado.     

La pregunta hacia dónde lleva la política carente de contexto sigue dando vueltas en el aire. La república bipartidista, lamentablemente, aún no termina. El Partido Liberal se partió en dos, pero más parece un fenómeno de mitosis celular que de verdadera ruptura, y ya lo veremos en el comportamiento de las negociaciones parlamentarias por venir. Lo que verdaderamente se debe romper del bipartidismo es la disposición que consagra el monopolio político de los dos partidos y proscribe el ejercicio de la oposición democrática autónoma. En el fondo nunca hemos tenido alternabilidad real en el poder. La creación de nuevos partidos no representó un problema para esa mancuerna liberal-nacional a inicios de la década de los 80, porque en la práctica no existían, ni existen, condiciones equitativas de contienda.

La novedad más interesante, al menos desde el punto de vista teórico, en este proceso electoral recién concluido fue la irrupción del PAC, con su motor, Salvador Nasralla. El PAC es lo más cercano a un antipartido que hayamos tenido en las últimas décadas. Confieso que me cuesta diferenciar en su líder lo político y el showman, y probablemente sea un error separar ambos trajes. Es un único traje, como el de Pepe Grillo en Italia u otros clones de la política que surgen en el mundo a partir de su notoriedad mediática o desparpajo.

La manera en como Nasralla conectó con la juventud de los principales centros urbanos del corredor central habla no sólo de que pudo acceder a ciertos altavoces mediáticos, con mayores dificultades y limitaciones de las que había imaginado, sino que entendía su lenguaje y sus demandas. Ese es un aporte sustancial e inédito.

En una sola presentación en escena, el PAC superó lo que durante treinta años intentaron los llamados partidos “emergentes”, que hace tiempo abandonaron esa condición, sin llegar a entender (o no querer hacerlo) que habían sido tolerados como una oposición restringida, clientelar que no dispondría nunca de la representación parlamentaria requerida para reformar la Constitución  y establecer otro tipo de juego democrático.

A Nasralla, y esta es su clave del éxito, no le interesó la convivencia, sino la franqueza. Incluso para tapar sus propias debilidades personalísimas de líder. En el PAC, previo a las elecciones, su voz y voluntad lo era todo; después de las urnas, la historia será otra. No obstante, con el PAC se revelan los cambios que experimenta la sociedad hondureña, buenos y malos, esperanzadores y frustrantes, entre ellos la nueva movilidad urbana y migratoria. Quedó claro que hay una creciente franja de electores independientes, muchosclasesmedias, que se resisten a perecer. Son los fastidiados, los que no quieren saber de Ramos Soto (aunque lo impongan), de Billy Joya, de Valentín Suárez, de Gamez, de Velásquez Naser, de Toribio Aguilera, de Guillian Guifarro, de Chang Castillo y de tantos otros que naufragaron en su enésimo intento.

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¿Es Nasralla el outsider aguardado durante tanto tiempo? Tengo mis dudas, pero su aporte es histórico y lo hizo libre de riesgos y temores. Su propuesta es simple y convocante: unir a los ciudadanos alrededor de la lucha contra la corrupción y la recuperación de la institucionalidad, sin atadura al resto de los partidos políticos. Ese es su perfil reformista provocador, porque en lo demás sus actitudes y respuestas eran de un talante ultraconservador, por ejemplo, sus comentarios hacia la comunidad gay o las ideas de izquierda. En ambas es un troglodita.

Sin embargo, el hecho de encarar un movimiento más que un partido, no implica que en el presente inmediato quede al margen del sistema político, es decir, de las negociaciones, de pactos y pactitos. Lo ideal, lo utópico, sería que el PAC se estructurará de una manera novedosa, escapando a las trampas de la institucionalidad clásica, pero no se ve factible, no se lo permitirán.

En este país partido político que cede en las reglas del electoralismo cae en la red de su propia deformación. Cuando el fin justifica los medios, el camino está expedito para que la oposición se parezca a los que se hace presuntamente opuesto, que actúe igual, que no se diferencie  y que asuma  un discurso de una forma y una práctica de otra. De esa manera no es extraño, por ejemplo, que el fraude que denuncia en otros lo practica en su propio fuero interno.

Libre es diferente al PAC. Surge de la coyuntura excepcional derivada del Golpe de Estado del 28 de junio de 2009, del caudillo en desacuerdo, de las tendencias sudamericanas que encarnaba Chávez, de movimientos sociales y gremios, pero también refleja, al menos entre 2009 y 2010, la voluntad de un sector ciudadano que reclama el derecho a oponerse civilizadamente, a disentir y a ser escuchado, sin que por eso lo marginen o lo maten.

Para la resistencia era un reto intelectual y político comprender que bajo la sombrilla del antigolpismo se agrupaban diversas voluntades democráticas, no una sola, renuente a la voluntad tradicional de establecer monopolios. No todo antigolpista era Zelayista o estaba anuente a aceptar a la Pichu como encarnación musical del pop de protesta o era seguidor de Casaña o de Rasel Tomé o se sentía conforme viendo las banderas liberales poblar las manifestaciones. Pero había puntos de contacto centrales entre ambos sectores que requerían la construcción de un puente y de concesiones recíprocas a base de objetivos de largo plazo.

Es probable que si la dirigencia de la resistencia hubiese permitido el lanzamiento de la candidatura presidencial independiente de Carlos H. Reyes en noviembre de 2009, pese a todas las triquiñuelas que iba a enfrentar, otra podría haber sido la historia de los comicios de 2013. Aquella habría sido una experiencia inédita para la oligarquía conservadora y también para la oposición ciudadana. Un pulso en el momento caliente, cuando las contradicciones al interior de la resistencia no afloraban.  Era el instante del antigolpismo unido, enardecido, compacto y con espíritu solidario y combativo. Hubo voces partidarias de intentarlo, pero ya otras mandaban a callar en aras de cálculos desbordados. La dirigencia limitando las bases.

Los Acuerdos de Cartagena que trajeron de retorno al caudillo marcaron una ruta para Libre diferente a la que pudo haber tomado al inicio del proceso. Mientras para la resistencia esos acuerdos eran políticos e ideológicos, para los golpistas además de políticos, eran económicos y sociales.  Curiosa la paradoja posterior: mientras la oligarquía se fortaleció, al grado de dominar la yugular financiera del Estado, la oposición se debilitó, como lo prueba el incierto derrotero del gremio magisterial.

En las negociaciones, la oligarquía se podía dar el lujo de dar al caudillo un instrumento político de masas,  pero no correr el riesgo de que ese instrumento actuara al margen de las reglas del juego y que se le arruinaran los negocios por estar enfrascados en el desgastante camino de la discordia. Optaron por lo de siempre: tolerancia y represión.

cartagena

Recuérdese que el Acuerdo de Cartagena se llamó “Para la Reconciliación Nacional y la Consolidación del sistema democrático en la República de Honduras”, con la mediación de los gobiernos de Venezuela y Colombia. El punto 6 de los acuerdos decía textualmente: “Velar por el cumplimiento de todas las garantías que la ley concede para que el Frente Nacional de Resistencia Popular solicite su inscripción ante el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y participe democráticamente en los procesos políticos electorales de Honduras y para que pueda integrar los organismos oficiales de carácter político electoral en igualdad de condiciones. En este contexto y con total respeto de los procedimientos y atribuciones legales, encomendar a la Comisión de Seguimiento que verifique el cumplimiento de los procedimientos a seguir para la inscripción del Frente de Resistencia Popular en un ambiente de cooperación y transparencia”.

Y algo más, el punto 7 de los Acuerdos de Cartagena “Reitera que la reforma al Artículo 5 de la Constitución Hondureña regula la convocatoria de plebiscitos con procedimientos claramente establecidos…por tanto la solicitud que el ex presidente Zelaya ha manifestado de convocar una Asamblea Nacional Constituyente se enmarcará en esos mecanismos de consulta” (el subrayado aparece en el texto del Acuerdo).

¿Soñaron los líderes de la resistencia que pese a las concesiones derivadas del indulto nada podría evitar su eventual triunfo en las urnas? Es posible, pero el sistema bipartidista se fundamenta en la instrumentalización del Estado para su control electoral, por eso no hay equidad en las normas y en las prácticas. Ese desequilibrio lo emplean siempre para favorecer sus intereses y excluir lo que no les conviene. La simple conformación del Tribunal Supremo Electoral (TSE) es una prueba de ello.

¿Por qué los Acuerdos de Cartagena no incluyeron la exigencia de modificar la conformación del TSE y modificar los principales factores de fraude electoral si es que esa era la hoja de ruta a seguir? Es una pregunta de la que en algún momento se sabrá la respuesta. Pero no se trata en este artículo de valorar lo que se hizo o no se hizo, lo que su pudo hacer o no se pudo. El punto más bien es que con las recientes elecciones culmina una etapa de Libre bajo el mando de su caudillo, aunque no su influencia. ¿Seguirán el partido y Mel con la misma película o habrá cambio de guion?

Es posible que el país esté a las puertas de que las principales banderas de Libre sean retomadas desde la derecha y ésta ponga en práctica, a su manera y conveniencia, algunas propuestas de la oposición, incluyendo la Constituyente. Eso no es descartable. La derecha ha ido robando los conceptos sociales más importantes de los últimos años, acomodándolos a su antojo, mientras que la llamada izquierda se queda mirando en desventaja mediática.   

La derecha es tan avezada en las mañas que salió ganando con la irrupción del PAC puesto que impidió a Libre el usufructo total de oposición al sistema y permitirle encarnar la única opción de disentimiento o resentimiento popular. Sin ni siquiera enarbolar un programa populista, el PAC sustrajo miles de votantes jóvenes que Libre suponía de su haber, por ejemplo en las universidades, y le propinó un estrepitoso revés electoral en el Departamento de Cortés y especialmente en San Pedro Sula, el segundo escenario de las grandes protestas antigolpistas del 2009.   

El quid ahora será saber si Libre, consolidado en la oposición parlamentaria, seguirá siendo guiado de la misma forma en que lo ha estado bajo el puño del caudillo, (reciclado ahora a diputado), si surgirá alguna masa crítica que analice lo ocurrido desde una perspectiva autocrítica o intelectuales que escapen al overol de activistas que se colocaron bajo su propia voluntad y se regodearon convenciendo-convencidos, sintonizando día y noche Radio Globo o Cholusat. Los sueños de una insurrección popular contra el fraude no se dieron, y eso ya da a pensar en rectificar los pasos.

Habrá que esperar si surgen variantes en la conducción y en la orientación política de Libre ante la nueva y prolongada coyuntura que se abre. La oligarquía aún sueña con rematar su labor. Recuérdese que el control de Libre no estará en la dirección de esa organización política, ni en el Frente Nacional de Resistencia Popular, sino en su representación parlamentaria. El corazón del poder de Libre estará en el Congreso Nacional, no en las calles. En cuanto la bancada comience a concertar acuerdos con los sectores oficialistas, en ese momento sabremos si será una oposición real o una oposición mediatizada. La derecha aspira a que Libre sea el relevo natural del Partido Unificación Democrática y que en lugar de fortalecerse, se debilite con el tiempo.

Las evidencias de qué tipo de oposición será Libre y el PAC estarán pronto sobre la mesa. La primera de ellas será la integración de la Junta Directiva del Congreso Nacional. Allí está la amenaza inicial para la pérdida de la identidad ideológica de los partidos y la subyugación al reparto de la administración pública y privilegios entre las diferentes facciones.

En la tradición hondureña, y latinoamericana en general, siempre se presenta como una necesidad para los parlamentarios negociar cuotas de poder, o migajas del mismo, para crear su propio clientelismo electoral. En los próximos cuatro años la presión de los activistas no será el discurso ideológico, sino el empleo.

Las relaciones de poder dentro de los partidos electoreros cambian irremediablemente una vez concluidos los comicios y al interior se abre otro tipo de batallas políticas. Ya se habla en Libre, por ejemplo, de la disputa de la próxima papeleta presidencial entre Esdras Amado López y Rasel Tomé. Falta mucho, pero eso es precisamente lo que asusta a muchos seguidores de Libre: que la meta está lejana pero las cuchillas afiladas están atadas en los espolones de los gallos.

Luego vendrán otras pruebas del rumbo que tomará la oposición parlamentaria. ¿Exigirán o no una verdadera reforma al Reglamento Interno?, ¿Suprimirán los subsidios departamentales que reciben incondicionalmente? o ¿qué  posición adoptarán cuando les toque elegir a los 28 altos funcionarios que el Legislativo nombra, entre ellos el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos o los magistrados de la Corte Suprema de Justicia o del Tribunal Superior de Cuentas.

Además les corresponderá, entre algunas de sus 43 funciones constitucionales:

  • Aprobar o improbar los contratos que lleven involucradas exenciones, incentivos y concesiones fiscales o cualquier otro contrato que haya de producir o prolongar sus efectos al siguiente período de gobierno de la República.
  • Aprobar o improbar la conducta administrativa del Poder Ejecutivo, Poder Judicial y del Tribunal Nacional de Elecciones, Tribunal Superior de Cuentas, Procuraduría General de la República e instituciones descentralizadas.
  • Nombrar comisiones especiales para la investigación de asuntos de interés nacional.
  • Interpelar a los Secretarios de estado y a otros funcionarios del gobierno central, organismos descentralizados, empresas estatales y cualquiera otra entidad en que tenga interés el Estado, sobre asuntos relativos a la administración pública.
  • Decretar la restricción o suspensión de derechos de conformidad con lo prescrito en la Constitución y ratificar, modificar o improbar la restricción o suspensión que hubiere dictado el Poder Ejecutivo de acuerdo con la Ley.

Nadar en esas aguas, llena de proyectos y ambiciones, ha sido una práctica natural para liberales y nacionalistas. El que queda de segundo entre ellos no es que va a la llanura, como suele decirse, sino que se acoge a una especie de oposición restringida  y oportunista. Ambos son partidos de una ideología contaminada, de fronteras casi indistinguibles. Claro ahora tienen un desafío inédito enfrente, pero no se sabe la manera en cómo lo interpreten. Sus alternativas, sin embargo, son restringidas: o abren una relación política civilizada y democrática entre las bancadas o la restringen mediante la marginación o la compra.

La oposición que como ciudadanía deseamos desempeñen Libre y PAC, con una que otra incorporación beligerante como la de Doris Gutiérrez, no es ingenua, ni utópica. Nadie que marcha a la guerra sale sin un rasguño, pero sí deseamos que su visión sea amplia, plural, nacional, efectiva y transparente. Que puje por abrir la política en las instancias regionales, locales e independientes, que posibilite frenar el continuo pillaje nacional, que no tolere sus propios excesos, y que no se les ocurra pensar que hay una corrupción buena y otra mala.

Una oposición que no instrumentalice las organizaciones sociales  y tenga la suficiente madurez de entender que construir una verdadera alternativa es aún un proyecto político y que de su buen manejo dependerá que efectivamente se convierta en una opción frente al bipartidismo.  Hay todo un programa de reformas institucionales que rescatar para devolver la credibilidad al Estado. La reconciliación, sin duda, pasa por crear canales para la protesta democrática, combatir la corrupción, solucionar pacífica y legalmente los conflictos sociales, frenar al crimen organizado y renacer la esperanza entre una población escéptica.



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